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Andrea Cellarius, la Capilla Sixtina del cielo

21/09/2014 14:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El gran artista del firmamento

Http://www.laisladelaastronomia.com/historia-y-biografias/

 

 

Andreas Cellarius, matemático y cartógrafo germano-holandés, nace en 1596 en Neuhausen (Alemania). Hasta hace relativamente poco casi nada se sabía sobre él, dato increíble si tenemos en cuenta que fue el creador del atlas del cielo más hermoso y exquisito de la historia. Desconocemos el nombre de su madre mientras que su padre, de nombre también Andreas, sabemos que era pastor. Después de su educación en la Sapierzkollegen Heidelberg, en 1614 se matriculó como estudiante en la Universidad de la misma población.

Heidelberg, la ciudad más antigua de Alemania situada en el valle del Nektar y arrasada por las llamas en varias ocasiones entre los siglos XIV y XVII, marcó la educación de Cellarius siguiendo las duras líneas protestantes del momento. Curiosamente no sabemos con exactitud cuántos años estuvo en la Universidad ni su paradero en la siguiente década; se supone por las publicaciones posteriores que hizo sobre Polonia y las fortificaciones militares que ese fuese su destino, pero si lo fue desconocemos las razones, aunque se especula que pudo seguir alguna carrera militar.

Existen pruebas de que ya en 1625 se encontraba en Ámsterdam pues se registra en esta ciudad y se casa con Catharina Eltmans ese mismo año, ejerciendo de profesor de latín posiblemente en la escuela de el Koestraat cerca de la Oude Zijds y dejando a un lado su pasión por las matemáticas y el dibujo. Si llegó antes a Holanda es un misterio.

Al año siguiente nace su primer hijo, al que llamó también Andreas y en 1628 lo haría su hija Catharina que fue bautizada en Ámsterdam. Hacia 1630 se traslada a La Haya en donde impartió clases como profesor de formación clásica en la Escuela Latina en la antigua San Agnietenklooster sobre la Zuilingstraat. Otros dos hijos, Johannes y Joris fueron bautizados en esta ciudad en 1631 y 1635 respectivamente.

Compra al parecer, una pequeña casa en Hoorn en donde ocupó el cargo de rector de la Escuela Latina en la Ceciliaklooster en 1637 y fue a partir de este momento cuando retoma su entusiasmo por el dibujo y la astronomía. Aquí, en Hoorn, nace lo que sería su Harmonia Macrocosmica y otros trabajos académicos de menor relevancia.

La publicación más temprana que se conoce es de 1645, “Architectura Militaris Gründtliche Underweisung oder der heuttiges tages tan wohl en Niederlandt als andern örttern gebräuchlichen Fortificación oder Vestungsbau”, que versaba sobre la ciencia de diseñar murallas impenetrables y sistemas de defensa basados en gran parte en las matemáticas. Fue escrito en alemán y se publicó otra edición idéntica en 1656 por parte de Jodocus Janssonius.

En 1652 otro editor de Ámsterdam Gillis Jansz Valckenier, imprimió su descripción de Polonia que tituló “Regni Poloniae, magnique ducatus...”, obra que fue publicada nuevamente en 1659 y en una traducción holandesa en 1660.

Cellarius también escribió algunos poemas sobre Henrick Bruno, rector asistente de la Escuela Latina, aunque quiso el destino que su verdadero talento se posase en el dibujo de los atlas celestes. Estudio los trabajos de Ptolomeo, Copérnico y Tycho Brahe entre otros, trasladando en dibujos e imágenes las ideas transmitidas por estos astrónomos, así como los movimientos del sol, la luna y los planetas. Si desde Aristóteles a Ptolomeo el sistema aceptado es el geocéntrico, en donde la Tierra es el centro del Universo y la luna, el sol, los planetas y las estrellas giran en torno a ella, Copérnico plantea que ese centro debe ser ocupado por el Sol y que la Tierra lejos de permanecer inmóvil, se mueve.

Este modelo que fue acogido con entusiasmo por Kepler o Galileo no resultaba nuevo, ya que Aristarco de Samos lo había supuesto en la antigüedad cayendo en el olvido más absoluto ante la aceptación generalizada de los complejos planteamientos de Ptolomeo en donde justificaba el movimiento errante de los planetas a partir de círculos excéntricos y movimientos epicíclicos que Copérnico, aun partiendo de un planteamiento distinto, solo consigue reducir pero no disminuir su complejidad.

Importándole más el continente que el contenido

Cellarius comienza a dibujar todas estas ideas seguramente con la pretensión de realizar de alguna manera, un tratado sobre cosmografía que nunca llego a concluir. No aporta avances en el conocimiento de la astronomía, es cierto; pero lo dotó de una belleza estética incalculable que ha llegado hasta nuestros días.

Su editor Johannes Janssonius publicó en 1660 su Harmonia Macrocosmica quien vio en sus 29 láminas un tesoro lleno de detalles y que conforman este bello atlas celestial. Hubo una reimpresión en 1661 como suplemento de su Atlas Novus y otra sin el comentario latino, publicada por los editores de Ámsterdam Gerard Valk y Petrus Schenk en 1708.

La portada fue grabada por Frederik Hendrik van den Hove, natural de La Haya y que trabajó entre otros lugares en Amberes o Londres. En ella vemos la bóveda celeste con un sol, una luna y estrellas bajo la influencia de los signos de Virgo y Libra que aparecen representados.

Aparece una pancarta con el título de la obra mientras en la parte superior queda claro la defensa de la teoría heliocéntrica. Los motivos astronómicos se dispersan entre los personajes representados; una esfera armilar, un astrolabio, un cuadrante o un globo terrestre por citar solo algunos de los detalles sabiamente dispuestos entre Tycho Brahe, Nicolás Copérnico o la mismísima Urania, musa de la astronomía.

Claudio Ptolomeo aparece revestido con un manto real y apunta a un pasaje del Almagesto mientras que el rey castellano Alfonso X el Sabio, también con manto real, tiene en sus manos un modelo heliocéntrico lo cual constituye un curioso error tal vez del grabador, pues este merito se le debe atribuir en todo caso a Copérnico. Con un largo palo y apuntando hacia arriba, el personaje representado posiblemente sea Galileo, aunque el más dudoso es el situado justamente detrás de Urania que muchos especulan con que pueda ser el astrónomo islámico Al-Battani.

Otra curiosidad es que las placas delas ediciones de 1660 y 1661 son de tonos y colores brillantes mientras que en la reimpresión de 1708 la coloración es más modesta y sencilla.

Un jesuita, Athanasius Kircher, salva esta obra de su inclusión en el índice de libros prohibidos proyectándola como un libro de historia, de recopilación de las ideas cosmológicas existentes hasta el momento, evitando así que las llamas de la Inquisición pudiesen quemar tanta perfección y magnificencia.

Hace relativamente poco tiempo la editorial Taschen ha publicado una copia maravillosa y completa de aquella primera edición que se encuentra en la Universidad de Ámsterdam con un trabajo excelente de Robert van Gent, experto en la vida y obra de Andreas Cellarius. Un apéndice detallado, descripciones sobre origen y mitología, nombres de las estrellas que podemos observar en las láminas, un glosario de palabras técnicas y una bibliografía completan esta excepcional obra, si tanto arte pudiese describirse únicamente con esta palabra.

Nuestra mirada se pierde entre la belleza de sus figuras mitológicas, sus dorados y sus increíbles detalles quedando en un segundo plano aquello que debería ser lo importante: la posición de las estrellas y de los astros.

Manifestó su talento al gusto de la época, barroco en sus grabados y recargado en las figuras; importándole más el continente que el contenido, el arte que la ciencia. Sin darle importancia a su imponente legado y como estrella que brilló, fugaz tal vez, fue enterrado para siempre en una sencilla tumba alquilada de Hoorn en 1665 el mismo año que renuncia como rector; dejándonos como herencia para que la contemplemos para siempre su pequeña Capilla Sixtina del cielo.

Nuestra mirada se pierde entre la belleza de sus figuras

 

 

 


Sobre esta noticia

Autor:
Astroluisalonso (14 noticias)
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