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Historia del Holocausto Indio

20/01/2022 04:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El estudio continental realizado por el antropólogo Henry F. Dobyns propone la cifra de 90 millones de habitantes precolombinos al momento del Encontronazo, o sea: ¡qué genocidio vino a ser la conquista y colonización de América¡

La historia de las relaciones del gobierno norteamericano con los indígenas es un vergonzoso registro de tratados rotos y promesas incumplidas. La historia de las relaciones fronterizas del hombre blanco con los pieles rojas es una colección sin fin de asesinatos, ultrajes, robos e injusticias cometidas por los blancos, como regla.

 

¿Cuántos millones de pieles rojas habitaban Norteamérica antes del arribo del hombre blanco? Cinco, siete, diez (???), ni se sabe con seguridad, pero lo cierto es que había innumerables pueblos sedentarios y semisedentarios, cultivadores de maíz así como cazadores( de bisontes)-recolectores, y sólo en pocos casos  habían alcanzado el estrato de sociedades semi-urbanas, de ahí que las aldeas fueran numerosas y se construyeran centros ceremoniales.

 

 El estudio continental realizado por el antropólogo Henry F. Dobyns propone la cifra de 90 millones de habitantes precolombinos al momento del Encontronazo, o sea: ¡qué genocidio vino a ser la conquista y colonización de América en un territorio ocupado por decenas de jefaturas y miles de tribus en su mayor parte exterminadas por los invasores!).

 

Actuando acordes con consignas premeditadas, falsificando la realidad, los colonalistas negaron pronto y de manera sistemática que los pieles rojas tuvieran derecho a las tierras que habitaban, porque como simples cazadores-recolectores nómadas, no estaban permanentemente asentados en ellas. ¡Gran Mentira! Mentira capital que les sirvió para autojustificarse por el despojo ejercido en gran escala, década tras década desde el principio del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX.

 

El hecho de que los aborígenes no edificaran ciudades en las inmensas praderas, o no tuviesen aldeas permanentes no significa que no tuviesen territorio propio, para la caza-recolección y  pesca; su economía adaptada al hábitat los hacía nómadas estacionarios rotando en círculos acorde con las estaciones. Alcanzando algunas agrupaciones, como los iroqueses, los otawas, los dakota, el nivel de una Confederación de Tribus asentadas en un vasto territorio.

 

Para el codicioso hombre blanco la tierra brillaba como el oro, por ello había que arrebatársela a los nativos, para quienes la Tierra era su Madre. Los contratos de compraventa realizados en algunos casos son proverbiales muestras de su desfachatez, pero claros representativos de la perfidia blanca. Por unas cuantas chucherías se tomaban inmensas extensiones en acres, propiciándose una confusión en el piel roja, quien pensaba que aquellas pocas mercancías que se le entregaban –incluyendo preferentemente aguardiente- se le seguirían dando en futuras lunas por haberles permitido a los blancos que se asentaran en “su territorio”; a la manera como acostumbraban ellos a hacer tratos, como distribución de la riqueza o permuta por trueque de algunos bienes simples. Nunca pensaron posible que enajenaban la tierra, algo para ellos impensable, fuera del sentido de su cosmovisión. Pero el piel roja resultaba un santo inocente en los tratos mercantiles que acostumbraban los europeos, y cuando entendió que aquella “civilización” llegaba para quedarse, extenderse y apoderarse de todo su hábitat, en muchas ocasiones no le quedó más remedio que combatir al insolente invasor.

 

Está clara históricamente la manera como los colonizadores se preocuparon por expedir contratos fraudulentos de compraventa con los aborígenes y como un artificio "legal" de su propiedad, emplearon argucias jurídicas para arrebatar las tierras durante todo el tránsito de la colonización, desde el ‘Lejano Este’ hasta la California, en donde los despojados también fueron terratenientes hispanos, mexicanos, etc.…

 

Proceder propio de una mentalidad entre puritanista y pseudolegal, les preocupaba tener una cobertura ‘legítima’ de sus despojos, a la manera de auto-justificación documentada, la que en la historia oficial serviría para crear la impresión de haber actuado de manera correcta: la versión adulterada del vencedor.

 

Hasta los años 60 del siglo pasado la antropología norteamericana mantuvo la ‘gran mentira’ falsificando la realidad de manera contumaz. Si los firmantes de los "contratos" se habían extinguido antes del arribo de los colonos o en todo caso, si los aborígenes contactados eran sus descendientes, es que éstos habían sufrido un proceso de degradación que los tenía convertidos en unos viles salvajes.

 

Hacia finales del siglo XVIII la opinión general terminaba por aceptar la existencia de antiguas culturas interesantes y originales en territorios que habían sido después ocupados por los colonos. Pero esta aceptación será negada cuando con la independencia, los colonos se convierten en los mayores depredadores de la tierra, desplazándose hacia el ‘Lejano Oeste’.

La falsificación de las evidencias a favor de la ‘gran mentira’ tiene en el benemérito ‘padre de la patria’, Benjamín Franklin, una versión compatible y adaptada a la ideología de entonces: la ideología que reforzaba el desarrollo del colonialismo. No podía pensar que su versión careciese de cientificación; desde el principio, se basaba en un postulado para él evidente: la desigualdad de las razas.

 

Inaugurando la línea pseudocientifica falsificadora de lo real era el justificante del predominio blanco; otro ejemplo se encuentra en el trabajo del antropólogo físico S.G. Morton, quién utilizando los registros craneológicos excavados en los túmulos, acepta que pertenecen a una única raza, pero, aquí viene la falsificación ideológica: Morton elucubra que la raza única se dividía en dos familias: la una tolteca, la otra bárbara; los primeros se habían extinguido, los segundos eran los habitantes actuales.

 

Digno ejemplo de lo que la ciencia tendenciosa norteamericana realizó un esfuerzo en el siglo XIX para justificar el despojo y exterminio de los pieles rojas.

 

Más notable es el caso de Williams Henry Harrison, gobernador de Indiana hacia 1803 y superintendente de los indios del Noroeste, un hábil embaucador y militar implicado en el robo de tierras a los nativos, responsable de obtener en 14 años cerca de 19 millones de hectáreas; todo un record!, y fue por eso que llegó a ser el presidente número 9 de  Estados Unidos. Pero aun antes se convirtió en un preclaro erudito que en 1839 realizó ‘investigaciones arqueológicas’ en Ohio,

llegando obviamente a la misma conclusión: los constructores de viejos túmulos habían desaparecido de la faz de la tierra mucho antes de la llegada de los colonos.

Con la perfidia que desde entonces los caracteriza, los potentados americanos siguieron falsificando la realidad, manejando una versión tergiversada acorde con el interés de crear una historia compuesta a su favor, haciendo creer que lo acontecido con los aborígenes tan sólo había afectado, a lo sumo, a un millón de nativos que existían al norte del Río Grande (Bravo), puesto que como ellos sólo eran cazadores recolectores, no pasaban de ser unos cuantos nómadas. De esa manera intentaban borrar de un plumazo la aniquilación de cientos de tribus que se sustentaban de la tierra.

 

Es importante constatar que la ofensiva civilizada no ha terminado; justo ahora, en  EE.UU. hay prisiones, que albergan, guardan algunos líderes indios encarcelados porque niegan sus derechos a vivir como ordena la autoridad blanca en reservas alejadas de sus regiones originales. El FBI durante los años del 70 realizó una guerra contra el American Indian Movement. Algo semejante a lo que pasa en Guatemala o en Brasil, o más recientemente en Chile, con Pinochet; los supervivientes aborígenes continúan siendo hostilizados, la solución final es aniquilarlos al acabar de conculcarles sus tierras, ante la avalancha final de la barbarie capitalista.

 

Noam Chomsky reveló en la etapa de Ronald Reagan, que el gobierno imperial, con la desfachatez que le caracterizaba, simulaba defender a los miskitos en Nicaragua, mientras  respaldaba las matanzas de aborígenes en Guatemala perpetradas por Ríos Mont; un “auténtco demócrata aliado del gobierno norteamericano”.

 

 

Los blancos intentaron crear una esclavitud indía similar a la africana, pero esta no prosperó: la idiosincrasia del piel roja lo hacía incompatible con tan abominable práctica, y las contínas rebeliones de esclavos indios la hiceron imposible. El piel roja, al igual que los lacandones en Chiapas, o algunas tribus guaraníes en Paraguay, vieron en la llegada de los europeos el fin de su libertad y lucharon sin aceptar la dominación, aunque la lucha los llevara a su exterminio. Para ellos el ser confinados en una una reserva era como encerrar a un potro salvaje en una jaula.

 

Los aborígenes precolombinos más audaces o arraigados a su modo de vida, entendieron que con el hombre blanco venía la esclavitud o la marginación. La tierra se convertiría en una gran prisión y un triste mundo la carcomería, tal y como aconteció y sigue aconteciedo hasta este momento, a tres años del término de un gran ciclo maya, el capitalismo con la “globalización” lo que ha hecho es mundializar la crisis (macrocrisis), la que se comprueba día con día con la escala del avance depredatorio que lacera a la Madre Tierra y aliena al ser humano.

 

La compra de la Luisiana a los franceses en 1803 ayudó a duplicar la Nación yanqui, de las Apalaches a las montañas Rocosas. Los blancos llamaron ‘mudanza de indios’ a su expulsión hacia el oeste de los montes Apalaches y del Mississippi, iniciando así la invasión genuinamente norteamericana. Era una cruel afrenta contra seres humanos a quienes se les obligaba a abandonar sus tierras y sus costumbres y trasladarse a donde le ordenaba el hombre blanco. Aquello fue un ultraje que llegó a ser en múltiples casos un etnocidio, para terminar en un gecocidio. “El coste en vidas humanas no puede calcularse con exactitud, y en sufrimientos, ni siquiera de forma aproximada”.

 

Originalmente Thomas Jefferson propuso civilizar a los indios y sedentarizarlos, respetarles su propiedad, pero ese fue el inicio de la ‘gran mentira’ con que engañaron a los nativos; si en público decía preocuparse por el destino de los originarios, la correspondencia privada de los “padres de la nación” refiere su intención oculta por despojarlos de sus territorios: para promover esta disposición de ceder las tierras –escribe a Harrison- “que ellos tienen y nosotros necesitamos, podemos impulsar nuestros usos de comercio, y veremos con gusto que individuos prósperos e influyentes entre ellos los obliguen a endeudarse, y cuando estas deudas aumentan más allá de lo que los individuos pueden pagar, se sientan dispuestos a cubrirlas por medio de cesión de tierras. Artilugio secular de endeudar a los pobres para obligarlos a entregar la tierra. Con este ‘sagrado secreto’, el discreto Jefferson revelaba sus verdaderas intenciones para con los indios en un comunicado a William Harrison, el futuro ‘gran conquistador’ de tierras amerindias. Y complementa Jefferson, “con el comercio barato que aceptan podemos además expulsar a la competencia británica y española, vendiéndoles tan bajo que sólo se reponga el capital y los gastos (…) de esa manera, nuestros establecimientos –settlements- gradualmente rodearán y se acercarán a los indios, y éstos entonces  se incorporarán a nosotros como ciudadanos, o permitirán que se les remueva más allá del Mississippi. Y más les vale que no se pongan belicosos, porque “no necesitamos sino cerrar nuestra mano para destrozarlos –to cruch them-…”, (“si no lo hacemos así es por humanitarismo”’, pero…“si alguna tribu fuera bastante torpe para alzar el hacha de guerra, el quitarle a esa tribu todo su territorio y dividirla al otro lado del Mississippi como único medio de paz, sería un ejemplo para los otros y un medio para nuestra final consolidación”. ¡He aquí a la perfidia del colonialismo norteamericano en toda su magnitud, sin el disfraz diplomático!: “creo percibirá Ud. también en qué forma sagrada debe Ud. guardar esto, en su pecho, especialmente, por el inconveniente  que supondría que llegara todo esto a oídos indios. Para su interés y su tranquilidad es mejor que ellos vean sólo la presente edad de su historia”.  Digno colofón que revela fidedignamente la aviesa intención de este ‘Padre de la Patria’. En el fondo el asunto indio se resuelve haciendo que los nativos no vayan más allá de ‘la presente edad de su historia’.

No bastó la resistencia de la tribus

El mismo ‘patriarca supremo’, George Washington, era un gran terrateniente y señor de esclavos. Posteriormente aparece Andrew Jackson (1767-1845), el yerno de otro gran terrateniente de Carolina del Norte, quien compró 20 000 acres, encargándose el comedido yerno de realizar esas transacciones, despertándosele el apetito por agenciarse él mismo las tierras de los nativos.

La valerosa resistencia presentada por los pieles rojas fue permanente. Tecumseh fue el siguiente Gran Jefe de la tribu de los shawnee que lideró otra rebelión contra los conquistadores, apoyándose en las ideas matrices que caracterizan a todo aborigen: “La tierra pertenece a todos, para el uso de cada uno…”. Como buen hombre comunal, semejante a los zapatistas y neozapatistas, se hace valer como miembro de comunas indivisas sustentadas en la Madre Tierra. Respondiendo a los agravios Tecumseh le dice a los cara pálidas: “¡Que perezca la raza blanca! ¡Ellos nos roban las tierras; corrompen a nuestras mujeres, pisotean la ceniza de nuestros muertos! Hay que hacerles un rastro de sangre que les conduzca al sitio de donde vinieron.”

 

Habiéndose efectuado el tratado de Greenville, en 1795, en que los yanquis se comprometían a respetar a los pieles rojas sus territorios después de haberse comido importantes trozos del pastel, se arrepintieron porque en realidad lo que querían era todo el pastel, y poco después incumplieron  el tratado. Al contrario, los indios solían cumplir los tratados, pues dar la palabra en un trato era algo sagrado,   los ambiciosos blancos se reunían con “jefes hambrientos y egoistas embriagados de oratoria y de whisky, que terminaban por firmar un tratado privado por el que cedían para siempre los cotos de caza de su tribu, y quizás también de otras naciones. Y sin poder cazar, el indio estaba muerto”.

 

Tecumshe y su hermano Tenskwatwa,   guerrero y  médico brujo, se rebelaron contra la opresión de los blancos y organizaron hacia 1808 una alianza intertribal, incluyendo un acuerdo con los británicos canadienses para atacar a los norteamericanos. Fue aquel un movimiento de regeneración y defensa, pues Tenskwatwa se convirtió en un profeta que clamó entre las tribus por la separación de la enajenación blanca que se cernía sobre del indio. Pero eran tan solo 4.000 guerreros frente a 100 000 yankies en edad de tomar las armas.

 

La combinación guerrero-profeta exaltó los ánimos, ‘provocó una especie de renacimiento religioso entre las tribus del Noroeste’, y cuando la integración ínter tribal tomaba fuerza, W.H Harrison intervino, aprovechando la ocasión del error para arrancarles enormes extensiones de tierra afectando a las de los dos hermanos; y para asegurar el despojo, Harrison destruyó la aldea de ambos y  en una supuesta batalla (Tippecanoe 7-9-1811), acción por la cual se le tuvo por ser un héroe.

 

La alianza entre aborígenes e ingleses fue un recurso de supervivencia para los primeros, y juntos pelearon la batalla de Thames (5-9-1813), siendo de nuevo derrotados por Harrison, muriendo Tecumseh en el campo de batalla  y así se disolvió aquella confederación tribal defensiva.

 

Andrew Jackson se convirtió en un militar cazador de indios profesional en momentos de gran tensión en que la expansión blanca  detonaba como auténtica explosión. La tribu de los creek también se enfrentó a los cara pálidas y las tropas de Jackson se distinguieron por sus despiadadas matanzas, y, muy a su manera, además de militar era un insaciable devorador de tierras que utilizó la táctica de prometer a sus aliados recompensas en tierras y botín. Otra falsificación histórica lo convirtió en el ‘héroe de Horseshoe Bond’. Según la versión oficial en esta batalla se enfrentó a 1.000 creek, que  habían abatido a 800 blancos con mínimas pérdidas. Gran mentira, porque fueron guerreros cherokees,   azuzados por Jackson, los que atacaron a los creek por la espalda. Para conseguir eso de los cherokees Jackson les había prometido un buen trato del gobierno, promesa que por supuesto no cumplió, sino por el contrario aprovechando  su misión de comisario de un oprobioso tratado se apropió de más tierras de sus efímeros aliados.Jackson les expropió la mitad de su territorio en el año 1814.

 

En este pérfido tratado se procuraba establecer otro recurso usado por los norteamericanos para destruir a los aborígenes: atacar su conformación comunal. Se trataba de que si los pieles rojas querían conservar sus tierras, lo tenían que hacer a título individual, como propiedad privada,   destruyendo así las ligas consanguíneas y la paridad social. Dándoles tierras a unos, negándoselas a otros, sembraban la cizaña para que la discordia creciera en el interior de las tribus. Perfidia propia del hombre blanco hacedor del capitalismo que con la propiedad privada procrea y perpetúa un tipo de sociedad marcada por la desigualdad y la injusticia.

No es de extrañar que la actitud de falsificar la Historia sea uno de los recursos preferentes del ‘establishment

La invasión de la plaga blanca y el"heroismo" de Andrew Jackson 

 

Lo que viene a ser el siguiente episodio de la invasión de la plaga blanca se efectúa de 1814 a 1821, implementando tratados con los indios del Sur, afectando territorios comprendidos entre Carolina del Norte y la Florida. Siendo de nuevo Andrew Jackson el héroe promotor de los despojos: empleando el “uso del soborno, el engaño y la fuerza para apoderarse de más tierras; además dio empleo a sus amigos y parientes./ Estos tratados y estas violaciones del territorio indio, permitieron la implantación del reino del algodón y el establecimiento de las fincas negreras”. Ni más ni menos, Jackson es el precursor del esclavismo a lo texano.

 

Sucesión de invasión hacia el sur que en la apropiación de la Florida enseña otro caso ejemplar del engaño a lo norteamericano: Cuando Jackson atacó a los seminoles y a algunos cimarrones que en ella se habían refugiado, la Florida aún pertenecía a España, por lo que Jackson también pasó por sobre algunos fuertes hispanos para quemar aldeas seminoles. Lo que calificó como un ‘acto de legítima defensa’ para garantizar la seguridad de los nuevos estados del sur. Orillando a la debilitada corona hispana a vender ‘gustosamente’ la Florida en 1819. Una primer compra ‘legítima’ norteamericana propiciada por las ‘inmutables leyes de la autodefensa’. Compra que aparece como tal en los mapas escolares de la historia americana para enseñarles a los niños la cabal expansión yanqui. Y como premio a sus esfuerzos Jackson llegó a ser gobernador de la Florida. Quedando como un héroe en la historia oficial de EE.UU. y no como el “negrero, especulador inmobiliario, ejecutor de soldados disidentes y exterminador de indios” que en realidad fue.

Andrew Jackson fue presidente de 1828 a 1836, se retiró no sin antes nombrar a su sucesor –en esa ‘ejemplar democracia’ a Martin Van Buren (1837-1840), siendo en ese período cuando se obligó a la mudanza de otros 70.000 mil indios hacia el oeste del Mississippi. Produciéndose entonces el episodio de la Guerra contra los sauk, contada por el Jefe Black Hawk hacia 1833. Episodio que vale para darnos una idea de lo que significó la opresión de su ejército limpiándo el terreno para los colonos, los que como marabunta seguían avanzando, ocupando en pocos años todo tipo de terreno del que pudieran extraer algún provecho, pues con los neocolonos había llegado el hombre depredador, prototipo del capitalismo que explota la naturaleza transformando sus bienes en riqueza pecuniaria.

 

Black Hawk narra los padecimientos que su tribu sufre en el intento por escapar al acoso del ejército azul, escape que se convierte en un calvario para los ancianos, las mujeres y los niños que debilitados por el viaje solían morir de hambre y de enfermedades a consecuencia de las privaciones y del stress, urgidos por el acoso de la jauría americana. Situación en la cual los bravos no dejaban de protegerlos, combatiendo con heroísmo, sacando generalmente la mejor parte en las escaramuzas, pero la máquina de guerra con miles de soldados era invencible. En este caso, la jauría alcanzó a los miembros de la tribu cuando intentaban cruzar el Mississippi, procediendo a masacrar mujeres y niños, incluso cuando nadaban con sus crías a cuestas. A pesar de que su Gran Jefe hizo todo lo posible por proteger a su pueblo.

Black Hawk pudo dar un dictamen de lo que los blancos representan con estas palabras:”he luchado contra el hombre blanco, que venía año tras año a engañarnos y quedarse con las tierras… Los blancos son malos maestros de escuela; llevan libros falsos, y cometen acciones falsas; sonríen en la cara del pobre indio para engañarlo; le dan la mano para ganar su confianza, para emborracharlo, para mentirle y deshonrar a sus mujeres…. Los hombres blancos no cortan la cabellera; hacen algo peor – envenenan el corazón… ¡Adiós, mi nación!”

 

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Pero como los pieles rojas ‘eran para Washington unos bárbaros transeúntes’,   había que empujarlos al otro lado del Mississippi, en donde se les prometió, en nombre de nuestro Gran Padre, el Presidente tendrían un nuevo territorios.

Las compañías inmobiliarias se activan para la estafa: “Según un presidente del banco de Georgia, accionista de una de esas compañías: ‘el robo está al orden del día’”. La fuerza inexorable de la instauración del capital industrial y el ingente crecimiento del comercio con la propagación de ciudades que van siendo conectadas por ferrocarriles, esto es, el progreso civilizado incrementa el precio de la tierra a lo que los codiciosos vendedores de bienes raíces le sacan provechosa plusvalía; de todo lo cual: “los indios iban a acabar muertos o exiliados, los especuladores inmobiliarios más ricos, y los políticos más poderosos”. Tratábase de una plaga de sanguijuelas queriendo chupar más y más sangre.

 

Quedaban 17.000  cherokees rodeados por 900 000 blancos en Georgia, Alabama y Tennessee. Prodigiosos avances en las artes y oficios fueron logrados en corto tiempo por esta singular tribu. Su intento de mimetizarse con los blancos fue tal que hasta llegaron a tener más de 1000 esclavos, sin duda, estaban en vías de civilizarse y hasta se cristianizaban. Pero el oro y la tierra y el no dejar de ser cobrizos los condenó al exilio y a la extinción de su etnia.

 

De acuerdo con las leyes la nación cherokee estaba incluida en EE.UU. Incluso según el tratado Hopewell, que precedió a la Constitución, originalmente se había aceptado que tuvieran un diputado en el Congreso.. El gobierno de Georgia impuso sus intereses a la barbarie civilizada: confiscación de tierras, abolición del gobierno cherokee, prohibición de protestas, prohibición de defenderse de los blancos en los tribunales. Los misioneros que los apoyaban fueron encarcelados. El tribunal supremo ordenó la libertad de uno de ellos (Samuel Worcester), Jackson se negó a cumplir la liberación. Los cherokees apelaron a la Corte Suprema para que el gobierno de Estados Unidos cumpliera los ‘solemnes tratados’ que con ellos antes había concertado.

La Corte no les concedió que puedan ser una nación independiente, sino que los cataloga como una nación doméstica-dependiente, son los pupilos ante su tutor, el ‘Gran Padre’ Presidente. Admitiéndose que si los georgianos invadían su territorio, violaban la constitución. Haciendo uso del típico lenguaje infectado de tecnicismos jurídicos e interpretaciones arbitrarias y rebuscadas, regular arma del derecho  para hacer imperar la fuerza del potentado, se construyó el dictamen. La Suprema Corte concluyó que los cherokee no pueden mantener un litigio como nación independiente en la corte de EE.UU. “Si es verdad que la nación cherokee tiene derechos, no es éste el tribunal donde esos derechos pueden ser confirmados. Y si es verdad que se han inflingido daños y se teme todavía otros, éste no es el tribunal que puede rectificar el pasado o prever el futuro. La moción para que se les conceda un mandato se deniega”. Prototípico comportamiento pleno de pusilanimidad jurídica, cuando se trata de no afectar a los poderosos el tribunal se lava las manos, lo mismo que Jackson como presidente fingió protegerlos, siempre y cuando accedieran a desplazarse más hacia el oeste, puesto que “todos los anteriores experimentos para el mejoramiento de los indios han fracasado”.  Habiendo demostrado que era el pol´tico que necesitaban para cumplir con la misión colonialista de la época, se reeligió en 1832, procediendo a continuar la tarea de ‘la mudanza’ pues todavía quedaban 22 mil creek en Alabama, 18 000 cherokees en Georgia y 5000 seminoles en Florida.

Tras la segunda guerra  contra  los creek estalla, los georgianos, según lo denunció un diario de Alabama: “La guerra con los creeks es una hipocresía. Es un plan miserable y diabólico, confeccionado por hombres con intereses, que pretenden despojar a una raza de gente ignorante de sus justos derechos, y robar las migajas que han quedado bajo su control”.

 

Los creek firmaron un tratado en Washington abandonando 5 millones de acres, menos dos de ellos que quedaron para los creeks que quisieran quedarse como individuos o venderlos. Lo que resultó ser otro contrato farsa. El gobierno federal no intervino para nada. Al contrario, negoció un nuevo tratado que contemplaba la rápida emigración de los creeks hacia el oeste…”.El tratado se firmó en función del desplazamiento (robo de tierras incluido) escriturado.

 

Era 1836 cuando respondiendo a los agravios los creeks se sublevaron y procedieron a defenderse, lo que las autoridades interpretaron como un acto de guerra por lo que perdieron los derechos concedidos en el tratado. Era lo que el gobierno de Jackson estaba esperando. Once mil soldados penetraron en su territorio y a la fuerza fueron trasladados hacia el oeste. La pobre gente fue trasladada en viejos vapores por el río, hacinados se vieron afectados por las enfermedades y el hambre. Algunas familias que se pudieron quedar en sus tierras, gracias a un convenio establecido por el que 800 guerreros creek participaran como voluntarios en la guerra contra los seminoles, quedando sus familiares bajo protección federal, lo cual no fue respetado, sino que las mujeres de la trbu fueron vejadas por intrusos blancos. El ejército procedió, para su supuesta protección, a trasladarlas a un campo de concentración: “Allí murieron por miles de hambre y enfermedades”.

 

Los cherokees fueron desplazados de sus tierras en el otoño de 1838 por el ejército del general Winfried Scott, ubicándolos en campos de concentración, y cuando fue el invierno los obligaron a trasladarse hacia ‘Indian Territory’ (entre Arkansas y Oklahoma). “De los quince mil cherokees que iniciaron la marcha forzada, sólo once mil llegaron: cuatro mil perecieron por el frío, el hambre y las enfermedades”.A este tipo de marchas se les tiene por ser el antecedente de las ‘marchas de la muerte’ ejecutadas por los nazis.

 

Desplazándose hacia el Sureste quedaban los seminoles en la ya incorporada Florida como otra tribu problema a resolver, esto es, a ser despejada para dar las tierras a los civilizados. Se concretó con ellos un acuerdo para que en diciembre de 1835 se congregaran para ser trasladados; nadie se presentó, por el contrario los seminoles atacaron a los blancos, civiles y militares fueron víctimas propicias para quienes sabían moverse entre marismas y pantanos. El ejército más que bajas sufrió deserciones, no podían vencerlos en su hábitat. 1, 500 vidas norteamericanas cobró la guerra, veinte millones de dólares gastó el gobierno. Para 1840, como en tantos otros casos, los guerreros de las tribus resultaron insuficientes para combatir con un ejército que los triplicaba en número y en pertrechos. Así que fueron arrestados conforme se presentaban portando bandera blanca. El propio jefe Osceola fue hecho prisionero para morir confinado en una prisión.

 

En el territorio de Colorado, hacia 1865, en un fuerte llamado Lyon, ocurrió otra de las infames matanzas de aborígenes, en este caso afectando a miembros de las tribus cheyene y araphatos, quienes se habían acogido a la protección del oficial E.W. Wyncoop. Pero Wyncoop fue removido de su cargo, sucediéndole el coronel J.M. Chivington “con el 3er. Regimiento de Caballería de Colorado… y el Primer Batallón de la Caballería de Colorado”, incorporando a la guarnición de la plaza; contra las protestas de los oficiales, Chivington ordenó el atacar a los nativos a pesar de que él había estado presente cuando se hizo el acuerdo amistoso. Los soldados concuerdan en relatar que se cometieron las atrocidades más feroces de  que jamás se haya sabido: mujeres y niños asesinados y desollados, y todos los cuerpos mutilados de la manera más horrenda…Después Chivington mintó en su informe, haciendo creer que dio cuenta de 500 a 600 indios en el campo de batalla.

De este tamaño era la infame calaña de los soldados mata-indios, cuyo ejemplar principal ha sido ‘inmortalizado’ en las películas de Hollywood, en el famoso George Armstrong Custer, ‘héroe americano’ que se distinguió por el mismo tipo de conducta, hasta la batalla de Little Bighorn River.

 

 Casos semejantes a estos acaecieron por cientos y el hecho histórico es de que los blancos civilizados fueron exterminando a las culturas nativas y los sobrevivientes quedaron confinados en miserables reservas sin poder vivir según sus costumbres.

 

 

Hacia 1881 el gobierno de Estados Unidos contabilizaba la existencia de 300. 000 indígenas, miembros de algo así como 3.000 tribus, los que quedaban después de haber ocurrido grandes depredaciones, los indios sobrevivían en condiciones deplorables.

 A orillas del Pacífico, el exterminio es ahora como entonces

La intensidad del exterminio se fue incrementando conforme la civilización avanzaba hacia el oeste, por lo que a orillas del Pacífico encontró su culminación: “La historia de las injusticias, la opresión, los asesinatos de los indígenas de la pendiente del Pacífico, durante los últimos treinta años, llenaría un volumen por sí solo y es tan monstruosa como difícil de creer”. Se trata de que como comenzó la colonización del blanco en Norteamérica, termina: “Colorado es tan injusto y codicioso en 1880 como lo fue Georgia en 1830 y Ohio en 1795; y el gobierno de Estados Unidos rompe promesas tan hábilmente ahora como entonces, y con un elemento agregado de ingenuidad, adquirido a través de la práctica”. Ingenuidad a veces cierta, otras descarado cinismo propio de la típica conducta que desde ese entonces caracteriza a los gobernantes norteamericanos.

 

Para cubrir los expedientes burocráticos se realizaban informes, y éstos no podían ocultar lo realmente acontecido: “Los informes están llenos de afirmaciones elocuentes de injusticias y de perfidias cometidas contra los indígenas por parte del gobierno”. Y como tales no tienen mayor trascendencia, no habiendo repercusión alguna en la creación de una conciencia verídica entre el americano de a pie. Estos informes se perdían en el laberinto de la burocracia y han quedado ocultos.

 

Los yanquis fueron, conforme se expandían, agrediendo a las diversas tribus con que se toparon, configurándose un patrón colonialista. El hombre blanco agredía de manera sistemática, ya fueran los ‘peores de todos’: viles ladrones y asesinos, o aquellos otros hombres ‘respetables’, provocadores de guerras para posibilitar el embate del ejército contra los pieles rojas, porque además se veían beneficiados con los fondos que el gobierno dispensaba en la ocupación: “Azuzan a los hombres de la más baja calaña a perpetuar los crímenes más horrendos contra sus víctimas y luego, como jueces y jurados, los escudan de la justicia que debería recaer sobre ellos por sus crímenes. Todo crimen cometido contra un indígena por un hombre blanco se encubre y minimiza”. Dejándolo al criterio de la ‘justicia’, en realidad, de “su” justicia en un tribunal compuesto por personas semejantes a él.

 

Emplean procedimientos propios del salvajismo capitalista,   que se ‘justifica’ porque lo perpetúan los poderosos, no habiendo quien les pare y los llame a rendir cuentas, en un verdadero acto de justicia.

 

Indignado por las arbitrariedades y las atrocidades cometidas en contra de los pieles rojas, R.W. Emerson mandó una carta abierta al presidente Van Buren en la que manifiesta su parecer: “Usted, Señor mío, hará que ese digno cargo que ocupa caiga en el descrédito más profundo si marca con su sello ese instrumento de la perfidia; y el nombre de esta nación, que hasta ahora tenido como sinónimo el de religiosidad y libertad, será la peste del mundo”. Dicho y hecho, el sello se imprime con la marca de la casa por tipos como Andrew Jackson, y de allí hasta los Bush la perfidia prevalece. Por su parte, Van Buren, muy quitado de la pena dijo al Congreso en 1832: “Me produce un placer muy sincero informar al Congreso de la compleja ‘mudanza’ de la Nación de los indios cherokee a sus nuevos hogares al oeste del Mississippi. Las medidas autorizadas por el Congreso en la última sesión han tenido un éxito completo”. La solución final. Después, en California, como ya no había más oeste hacia donde enviarlos, la solución final será el exterminio.

 

 La conquitsta del Far West es otro episodio glorioso en la misma historia

La Conquista del ‘Far West’ es manejada como un episodio glorioso en la Historia de los Estados Unidos. Lo que en realidad pasa a ser un ejemplo primario de cómo se construye la hegemonía norteamericana, comenzando por exterminar a los nativos.

 

Empresa que queda registrada en su historia oficial como la obtención legítima del territorio norteamericano, en la que si acaso acontecieron algunos episodios sangrientos, éstos se debieron a la incapacidad de los indios para adaptarse a la civilización.

 

No es de extrañar que la actitud de falsificar la Historia sea uno de los recursos preferentes del ‘establishment’ norteamerricano, merced a lo cual han podido desarrollar su imperialismo incontrastable, implicando una dominación ideológica. Condición que se ha venido practicando como un imperialismo progresivo, alcanzando su clímax con la Segunda Guerra Mundial… Cometiéndose todo tipo de atrocidades, desde los ataques de los puritanos a los nativos más la subsiguiente guerra de exterminio culminada a orillas del Pacífico…, siguiendo con la invasión a México…, después a Cuba-PuertoRico-Filipinas…., hasta la invasión de Irak-Afganistán y las matanzas de palestinos en Gaza etc., etc.; y sin embargo, ante la ‘historia manida’ por ellos procreada, ‘siguen siendo los buenos de la película’. Mientras el Imperio no sea derrotado, los asesinos seguirán siendo premiados como potentados que ejercen un dominio imperial con la complacencia y/o la impotencia del resto del mundo.

Ya que en el fondo de su falsa conciencia se siguen pretendiendo como los representantes del pueblo elegido por Dios para expandir la democracia y la justicia, cuando que son


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