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Los dioses existen

28/08/2018 08:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ya hace tiempo que, en otra parte, hice la siguiente distinción entre los seres racionales iguales o superiores al hombre: hombres, superhombres, dioses, DIOS

Pero ¿quiénes son los dioses? Como a lo largo de todo este libro estaremos refiriéndonos constantemente a ellos, convendrá que digamos qué entendemos cuando decimos «los dioses», con minúscula.

Ya hace tiempo que, en otra parte, hice la siguiente distinción entre los seres racionales iguales o superiores al hombre: hombres, superhombres, dioses, DIOS.

Superhombres

Los superhombres son, fundamentalmente, hombres como nosotros, pero preparados para cumplir una gran misión, y por eso están dotados de excepcionales cualidades que los habilitan para cumplir esa misión. Algunos de ellos ya vienen preparados desde su nacimiento y otros adquieren esas cualidades en un momento de su vida, cuando son seleccionados por alguno de los dioses, de los que hablaremos enseguida.

Los fundadores de las grandes religiones suelen ser superhombres. El que en nuestros días quiera ver a un superhombre y convencerse de los increíbles poderes de que suelen estar dotados, que vaya en la India, a una pequeña ciudad llamada Puttaparthi, cerca de Bangalore y de Hyderabad (capital del Estado) y que trate de ver lo más de cerca posible a un tal Sathya Sai Baba. Digo lo más de cerca posible, porque no será raro que cuando llegue a Prasanthi Nilayam, el lugar templo en que él reside, se encuentre con varios miles —cuando no cientos de miles— de devotos suyos que le impedirán toda aproximación física al superhombre.

Zoroastro, Buda, Mahoma, Moisés, Confucio, Lao Tse, etc., pertenecieron a esta clase de seres y antes de dejar el tema de los superhombres (sobre el que hemos de volver en repetidas ocasiones a lo largo de estas páginas), tendremos que dejar bien claro que estos seres humanos excepcionales, por muy grandes que sean sus poderes, no son sino instrumentos de los que los dioses se valen para lograr sus deseos en la sociedad humana y en general en nuestro planeta (que no es tan nuestro como nos habíamos imaginado). Unos deseos que, hoy por hoy, el cerebro humano no logra descifrar y que probable-mente permanecerán totalmente indescifrables para nosotros mientras nuestra inteligencia no dé un paso drástico en su evolución.

Tal como he dicho, los superhombres son fundamentalmente hombres, bien por su manera de aparecer en este mundo, bien por su constitución física, o bien por su muerte más o menos similar a la de los demás hombres. Sin embargo, es de notar que con frecuencia algunos de ellos, en su proceso de utilización por parte de los dioses, se han apartado considerablemente en algunos aspectos de su vida, de lo que es normal en los demás hombres. Tal podría ser el caso de Krishna, de Viracocha, de Quetzalcoatl y del mismo Jesucristo. Dan la impresión de haber participado en alguna manera, de la naturaleza de los dioses, como si fuesen una especie de híbrido de dios y hombre; o como si fuesen dioses especialmente preparados para desempeñar una misión en este planeta.

Dioses

Los dioses, en cambio, no son hombres. Algunos de ellos tienen el poder de manifestarse como tales —y de hecho lo han hecho en infinitas ocasiones— y hasta convivir íntimamente con nosotros cuando esto les conviene para sus enigmáticos propósitos; pero en cuanto cumplen su misión o en cuanto logran lo que desean, se vuelven a su plano existencia! en el que se desenvuelven de una manera mucho más natural y de acuerdo a sus cualidades psíquicas y electromagnéticas.

Pero los dioses no son hombres; y en una de las pocas cosas en que coinciden con nosotros es en el ser inteligentes, aunque sus conocimientos y su inteligencia superen en mucho a la nuestra. De su inteligencia hablaremos más en detalle posteriormente.

Grandes diferencias entre ellos

Aunque sobre esto hemos de volver en varias partes del libro, sin embargo conviene dejarlo bien claro desde ahora: Entre los dioses hay muchas más diferencias de las que hay entre los hombres. Estas diferencias son de todo tipo, y no sólo se refieren a su entidad física en su estado natural, sino a la manera que tienen de manifestársenos; a su mayor o menor capacidad para manipular la materia y para hacer incursiones en nuestro mundo; a su grado de evolución mental y por lo tanto tecnológica, y hasta, en cierta manera, a su grado de evolución moral, siendo, al parecer, algunos de ellos mucho más cuidadosos en no interferir indebidamente en nuestro mundo y hasta en no interferir en modo alguno. Difieren entre ellos también en su origen; pudiendo ser algunos de ellos de fuera de este planeta, aunque me inclino a pensar que los que más interfieren en la vida yen la historia de la humanidad, son de este mismo planeta que nosotros habitamos, como más tarde veremos. Difieren también, tanto en las causas por las que se manifiestan entre nosotros, como en los fines que tienen cuando lo hacen. Estas grandes diferencias entre ellos, no provienen —tal como sucede entre los hombres— de pertenecer a razas, patrias, religiones, culturas, o clases sociales diferentes, o por hablar distintos idiomas; la causa de las diferencias entre los dioses es mucho más profunda; pues mientras los hombres, por muchas que sean las diferencias, todos somos igualmente seres humanos y pertenecemos a la misma humanidad, los dioses no pertenecen a la misma clase genérica de seres, y entre algunos de ellos es muy posible que haya tanta diferencia como hay entre nosotros y un mamífero desarrollado. Y también es muy posible que haya menos diferencia entre nosotros y algunos de ellos, que entre algunos de ellos entre sí.

Por las noticias que tenemos, recibidas de ellos mismos (que • nunca son del todo fiables), muchos de ellos desconocen por completo a otros que se han encontrado en sus incursiones en nuestro nivel de existencia, dándose únicamente cuenta de que no pertenecen al mundo humano. Si hemos de creer lo que nos han dicho, no sólo tienen una desconfianza mutua, sino que en algunas ocasiones hemos sabido de antipatías manifiestas entre ellos y hasta de batallas declaradas.

Un ejemplo típico de este antagonismo y hasta de estas batallas, lo tenemos en la rebelión que, según la teología cristiana, Luzbel organizó con muchos de sus seguidores, contra Yahvé. Los creyentes que admiten al pie de la letra las enseñanzas clásicas de la Iglesia, y que creen a pies juntillas qué esa es la única y total explicación de los orígenes de la existencia del hombre sobre la Tierra y de sus relaciones con Dios, deberían saber que todas las grandes religiones nos hablan de parecidas batallas entre sus dioses, o entre un dios principal y los dioses menores.

Y los no creyentes que miran esas historias bíblicas como algo mitológico a lo que no hay que hacer mucho caso, deberían saber que mitos y leyendas no son más que historias distorsionadas por el paso de los milenios. Y deberían saber que esas batallas entre dioses que aparecen en todos los libros más antiguos de la humanidad (es decir, en las «historias sagradas» de todas las religiones) se siguen repitiendo hoy delante de nuestros ojos, tal como más adelante veremos.

Digamos por fin, que estas grandes diferencias entre los dioses se traducen en su diversísimo comportamiento en nuestro mundo y en sus relaciones con nosotros que varían enormemente de un caso a otro, y que, debido precisamente a esa gran variedad, nos

tienen todavía hoy perplejos acerca de qué es lo que en realidad quieren.

Los dioses tienen cuerpo físico

Aunque la entidad física de los dioses es diferente de la nuestra, sin embargo podemos decir que los dioses tienen algún tipo de cuerpo o algún tipo de entidad física.

Y aquí tendremos que hacer un pequeño paréntesis para explicar que en el Cosmos, todo, hasta lo que infantilmente llamamos «espiritual», es en cierta manera «físico» (al igual que todo lo físico está de alguna manera impregnado de espíritu). «Fisis» es una palabra griega que significa naturaleza, y en este sentido podemos decir que todo lo que es natural, o pertenece al orden natural, es físico. Y los dioses no pertenecen al orden «sobrenatural» tal como éste ha sido definido siempre por los teólogos.

Para entender las entidades físicas de los dioses (y de otras muchas criaturas no humanas) no tenemos más remedio que acudir a la física atómica y subatómica. El «cuerpo» de los dioses es electromagnético y está hecho de ondas. Y el que encuentre este lenguaje sospechoso, debería saber que el cuerpo humano, en último término está hecho también de ondas y nada más que de ondas; porque eso es en definitiva toda la materia. (Y ésta es la gran maravilla y el gran secreto de todo el Universo. Y éste es el hecho físico —por encima de todos los sentimentalismos y de todas las concepciones dogmáticas y místicas— que más nos acerca a la ininteligible Entidad que ha hecho el Cosmos).

La «materia» del «cuerpo» de los dioses, siendo en el fondo lo mismo que la nuestra, está estructurada en una forma mucho más-sutil, lo mismo que la «materia» que compone el aire está en una forma mucho más sutil que la que compone un lingote de acero, aunque en último término las dos sean exactamente iguales.

Los dioses superiores, a diferencia de nosotros, tienen la capacidad de manejar y dominar su propia materia, adoptando formas más o menos sutiles y haciéndolas más o menos asequibles a la captación por nuestros sentidos, cuando así lo desean.

Ubicación de los dioses

Otra de las cosas en que muchos de ellos coinciden con nosotros, es en su ubicación en el Universo, pues si bien su nivel de existencia (o como los esotéricos dicen hace muchos años: su «nivel vibracional») no coincide con el nuestro, sin embargo para muchos de ellos, nuestro planeta es también su planeta.

Preguntar dónde viven exactamente, sería un poco ingenuo. Su ubicación obedece a leyes físicas diferentes a las que nosotros conocemos, porque las ideas que los hombres tenemos del espacio y del tiempo son completamente rudimentarias. Muchos de ellos pueden vivir —y de hecho viven— aquí y entre nosotros, y sin embargo no ser detectados normalmente por nuestros sentidos. Nuestros sentidos captan sólo una pequeña parte de la realidad circundante. El aire, con ser un cuerpo físico con una realidad semejante a la de una piedra, es completamente invisible para nuestro ojo. Muchos sonidos y muchísimos olores que nuestros sentidos no captan en absoluto, son el mundo normal en que se desenvuelven los sentidos de los animales. Las ondas de televisión que inundan nuestras casas, únicamente son visibles por nosotros mediante el uso de un aparato. No tendremos por tanto que extrañarnos de la invisibilidad de los dioses. En el mundo paranormal hay una casuística abundantísima para reforzar esta tesis.

Aparte de esto, en el irrebatible campo de la fotografía, hay casos en que una foto normalmente desarrollada, no acusa la presencia de objetos que sólo pudieron ser descubiertos cuando los negativos fueron «quemados» por la hábil mano del fotógrafo. En algún libro mío he publicado pruebas gráficas de esto.

De lo dicho anteriormente podemos deducir que no necesitan un suelo para sostenerse ni un aire que respirar y por lo tanto no tienen necesidad de estar en ninguno de los lugares del planeta en que los hombres estamos, con nuestra materia y con nuestras cualidades físicas específicas.

Por otro lado, creo que no hay más remedio que admitir que algunos o quizás muchos de ellos, procedan de otras partes del Universo, siendo nuestro planeta solamente un lugar de paso o

una residencia temporal, lo cual explicaría, por lo menos en parte, la falta de continuidad en muchas de sus actividades en nuestro planeta, y en concreto las grandes variaciones que vemos en sus intervenciones en la historia humana.

La ciencia y los dioses

Algún lector se estará preguntando a estas alturas, de dónde hemos sacado nosotros esta peregrina idea de la existencia de semejantes seres. La ciencia no nos dice nada de ellos. Pero la ciencia tampoco nos dice nada de cosas tan importantes como el amor y la poesía, y en realidad sabe muy poco sobre ambas cosas. Y la misma parapsicología académica, que es la ciencia que de alguna manera debería interesarse por la existencia de estos seres, tampoco nos dice nada de ellos y más bien rechaza su existencia cuando algún parapsicólogo audaz hace alguna sugerencia acerca de su posible presencia en algunos hechos paranormales.

Desgraciadamente así son las cosas debido a la esclerosis mental de muchos de los llamados científicos. Pero allá la ciencia y la psicología con sus prejuicios y con sus miopías. «Amicus Plato, sed magis árnica veritas». La cruda verdad, por más inverosímil e incómoda que parezca, es que semejantes seres existen y de ellos tenemos testimonios en todos los escritos que la humanidad conserva desde que el hombre empezó a dejar constancia gráfica de lo que pensaba y veía. Y de probarlo nos iremos ocupando a lo largo de estas páginas.

Los dioses y las religiones

Pero si la megaciencia no dice oficialmente nada acerca de estos seres (porque extraoficialmente y en privado, muchos científicos de primera fila, dicen muchas cosas), la religión, —que es un aspecto importantísimo del pensamiento humano— dice muchísimas cosas y lleva diciéndolas desde hace muchos siglos. Y al decir religión, estoy diciendo todas las religiones sin excluir la religión cristiana. En la mayoría de las religiones a estos seres se les llama «espíritus», de una manera general, aunque tengan variadísimos nombres, dependiendo de las diferentes religiones y dependiendo de los diferentes «espíritus». Porque hay que tener presente que todas las religiones conocen las grandes diferencias que hay entre estos «espíritus».

Más sobre

Los griegos y romanos eran los que en cuanto a nomenclatura, más se acercaban a la realidad y les llamaban simplemente «dioses», aunque reconocían que eran espíritus que podían adoptar formas corporales cuando les convenía y aunque por otra parte reconocían también a toda una serie de deidades o espíritus inferiores que estaban supeditados a estos «dioses» mayores.

El cristianismo y los dioses

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El cristianismo, por más que nosotros creamos que está muy por encima de toda esta concepción politeísta, acepta también estos espíritus y de hecho nos está constantemente hablando de ellos en toda la Biblia y en todas las enseñanzas del magisterio cristiano a lo largo de muchos siglos. En el cristianismo se les llama «ángeles» o «demonios», se les atribuyen grandes poderes —de hecho a algunos de ellos nos los presenta la historia sagrada como rebelándose contra Dios— y se hacen grandes distinciones entre ellos. Recordemos si no, la gradación que hay entre las diversas categorías de «ángeles»; arcángeles, ángeles, tronos, dominaciones, potestades, querubines, serafines... Todos estos nombres son una prueba de que la Iglesia tiene una idea muy concreta y muy definida de ellos. Y lo más curioso es que en la Biblia, al mismísimo Yahvé, en alguna ocasión, también se le llama «ángel».

Y para que vayamos desembarazándonos de muchas de las ingenuas ideas que nos han inculcado acerca de todo el mundo trascendente, tendremos que decir que estos «espíritus» no son todo lo buenos que nos habían dicho. De hecho la Santa Madre Iglesia siempre nos ha dicho de algunos de ellos —a los que llama demonios— que eran perversos, enemigos de Dios y amigos de apartar al hombre de los caminos del bien.

Pero lo que tenemos que saber es que la lucha que según la teología estalló entre los ángeles antes de que el mundo fuese creado (una lucha que convirtió a algunos ángeles en demonios) todavía continúa y las rivalidades entre los espíritus todavía no se han terminado, siendo todos ellos muy celosos de sus rangos y prerrogativas. En esto el cristianismo coincide con las otras

Mitologías.

Y otra cosa aún más importante que tenemos que tener en cuenta a la hora de juzgar a estos espíritus que nos presenta la Iglesia, es que el que en la Biblia se nos presenta no sólo como jefe de todos ellos sino como creador del Universo, no sólo no es creador del Universo sino que ni siquiera es superior ni diferente de otros «espíritus» que conocemos de otras religiones. Sí reconocemos que es superior a los otros «ángeles» que nos presenta el cristianismo, pero no lo reconocemos superior a otros «dioses» como Júpiter o Baal. En la misma Biblia tenemos pruebas de esto, si nos atenemos a lo que en ella leemos, y no le damos interpretaciones retorcidas contrarias a la letra del texto. Ya me he hecho eco de esto en varios otros lugares y he citado este curiosísimo texto de la Biblia que, muy extrañamente, los exegetas pasan por alto sin apenas dignarse hacer ningún comentario acerca de él: «Tomará Arón dos machos cabríos y echará suertes sobre ellos: una suerte por Yahvé y una suerte por Azazel. Y hará traer Arón el macho cabrio que le haya correspondido a Yahvé y lo degollará como expiación. Pero el macho cabrío que le haya correspondido a Azazel, lo soltará vivo en el desierto después de presentarlo ante Yahvé». (Lev. 16, 5-10).

Yahvé, un dios más

Yahvé, a pesar de que se presenta como el Dios supremo y único, reconoce la existencia de Azazel (que según una nota de la Biblia de Jerusalén, era el espíritu maligno que dominaba aquellas regiones desérticas) y no sólo eso, sino que le reconoce sus derechos y no quiere buscarse problemas con él, siendo esa la razón de que le ordene a Arón que suelte vivo el macho cabrío que le haya tocado en suerte a Azazel, para que éste haga con él lo que le plazca.

De no ser Yahvé un ser de la misma categoría que Azazel, no hay razón ninguna para explicarse su extraña conducta. Más adelante, cuando le echemos una mirada más de cerca al Yahvé del Pentateuco, nos convenceremos de que, poco más o menos, es como los dioses de las demás religiones, que se manifestaban a los diferentes pueblos para dirigirlos y «protegerlos».

En esta lucha que los ángeles tuvieron entre sí y que la teología nos dice que culminó en la derrota de Luzbel, el gran triunfador resultó ser Yahvé, que a lo que parece, era el supremo jefe de esta facción de ángeles que en aquel momento estaban manifestándose en nuestro planeta. Naturalmente siendo nuestra teología de acuerdo a las enseñanzas de Yahvé en el Monte Sinaí (y en posteriores manifestaciones a lo largo de los siglos a diversos profetas y videntes), Luzbel tiene que aparecer como el malo y Yahvé como el bueno. Pero usando nuestra cabeza, tal como hacemos para juzgar los hechos de la historia, en donde vemos que los vencedores describen todos los hechos en su favor y presentan a los vencidos como malos y perversos, podemos llegar a la conclusión de que no hay mucha diferencia entre estos dos personajes. Y si Luzbel se comporta como se comportan los hombres (y muy probablemente se comporta de una manera parecida), es muy lógico que trate de tomar venganza de su vencedor y la mejor manera de hacerlo es tratando de restarle súbditos y de deshacer toda la obra que aquél haya pretendido hacer entre los hombres.

Mitología y dioses

Las abundantes y diversísimas mitologías de todos los pueblos, que antaño se nos presentaron como fruto de la imaginación semi infantil de los pueblos primitivos, poco a poco han ido ganando valor en los tiempos actuales, pues vemos en ellas ni más ni menos que el recuerdo, deformado por los siglos, de hechos sucedidos hace muchos miles de años. Los antropólogos las estudian y las conocen muy bien, pero las enfocan desde un punto de vista prejuiciado, para explicar sus teorías. El estudioso de la nueva teología cósmica las estudia desde otro punto de vista completamente diferente y mucho más abarcador, sin dejarse atrapar ni por las teorías concebidas a priori de los antropólogos, ni por los dogmas obcecantes de cualquiera de las religiones que tienen aprisionadas las mentes de casi todos los habitantes de este

planeta.

Los estudiosos de esta nueva teología tratan de esclarecer y

corroborar estas mitologías cotejándolas con otros hechos con los que nos encontramos en la historia y con multitud de fenómenos con los que nos encontramos hoy día.

Lo que el estudio de estas mitologías va dando de sí, es que en la antigüedad remota y no tan remota (y muy pronto veremos que en nuestros mismos tiempos), seres que se decían celestiales, se les manifestaban a los asombrados habitantes de este planeta y les decían que ellos eran «dioses» todopoderosos o, más audazmente, el Dios creador de todo el Universo. Los primitivos terrícolas, con unos conocimientos muy rudimentarios de la naturaleza, asombrados, por una parte, ante la belleza de lo que contemplaban, y aterrorizados por otra, no dudaban un momento de que estaban realmente ante los señores del Universo y rendían sus mentes sin dudar, poniéndose incondicionalmente a su servicio.

Si esto hubiese sucedido con un solo pueblo, hubiésemos podido achacarlo a una variedad de causas; pero lo cierto es que este fenómeno de la manifestación de un «dios» se ha dado en prácticamente todos los pueblos de los que tenemos historia escrita. Colectivamente hablando, el fenómeno de la manifestación de un dios, y hablando individualmente, el fenómeno de la - «aparición» o «iluminación», son hechos que se han estado repitiendo constantemente en todas las latitudes, en todas las culturas y en todas las épocas a lo largo de los siglos. Más tarde, cuando describamos más a fondo la manera que los dioses tienen de comunicarse con los hombres, hablaremos en concreto de estos fenómenos.

Pero tenemos que dejar sentado como un hecho histórico incuestionable, que absolutamente todos los pueblos sin excepción, han obedecido y adorado a algún «dios», del que decían que —de una manera u otra— se había manifestado y comunicado con sus antepasados a los que había instruido en muchas cosas (frecuentemente en cómo curar las enfermedades o en otros secretos de la naturaleza), habiéndoles prometido protección si eran fieles a lo que él les dijese, o más en concreto, si seguían las normas de vida que él les dictaba.

¿Apariciones subjetivas?

Naturalmente aquí cabe discutir si estas creencias de todos los pueblos se debían a apariciones objetivas de estos seres «celestiales» o eran sencillamente una creación subjetiva debida a la religiosidad innata de los hombres de todos los tiempos. La ciencia oficial con psicólogos y psiquiatras al frente, nos dirá indefectiblemente que estas creencias se debían a esto último, y que tales apariciones o manifestaciones objetivas nunca tuvieron lugar.

Contrarios a ellos tenemos a los fanáticos religiosos (o simplemente a los creyentes fervorosos) que defienden —si hace falta con sus vidas— que la realidad objetiva de las apariciones y manifestaciones divinas de que les habla su santa religión, es incuestionable.

¿Quién está en la verdad? Como muy bien sabe el lector, la verdad total no es patrimonio de nadie, y en este caso concreto así sucede exactamente. La ciencia tiene mucho derecho para decir que en infinidad de ocasiones lo que se presenta como «visión» es una pura alucinación, fruto de un psiquismo enfermizo; y que lo que se presenta como milagro —es decir como una prueba de la presencia inmediata o cuasi inmediata de Dios— no es más que el uso consciente o inconsciente por parte del taumaturgo, de una ley desconocida de la naturaleza.

Hasta aquí la parte de razón que tiene la ciencia oficial, que no es poca. Pero los religiosos también tienen su parte de razón. Su pecado consiste en distorsionar los hechos y en desorbitarlos, convirtiendo en verdades absolutas o universales lo que únicamente son fenómenos relativos, locales y temporales. En muchísimas ocasiones, el hecho de la visión o de la aparición ha sucedido objetivamente, pero no ha sido precisamente lo que los videntes han creído que era, o más exactamente, lo que les han hecho creer que era. Aquí es donde entra en juego la acción engañosa de los dioses. Esta acción deceptoria no sólo actúa inmediatamente y a corto plazo sobre los videntes y sus contemporáneos, sino que se extiende muchos años después, hasta los mismos científicos y la sociedad humana en general, haciéndoles creer que tales «visiones» son cosas puramente subjetivas, «mitológicas» y totalmente

carentes de realidad.

Como podemos ver, el juego de los dioses es doble: a los testigos inmediatos los convierte en ardientes fanáticos (los pobres no tienen otro remedio después de haber visto y sentido lo que han visto y sentido) y al resto de la sociedad —y muy especialmente a la sociedad científica—, que no han sido testigos inmediatos, les produce un efecto totalmente opuesto, es decir les crea una especial y desproporcionada resistencia mental para admitir semejantes hechos como reales, por más que los veamos repetidos y documentados hasta la saciedad en todos los libros sagrados y profanos de todas las culturas y de todas las épocas. Las religiones —omnipresentes en toda la historia humana— son el resultado de tales hechos «imposibles».

Pruebas históricas

El objeto de este primer capítulo es precisamente el ir rompiendo esta especial dificultad que los hombres de esta sociedad tecnificada tenemos para admitir semejantes hechos, y es ayudar nos a admitir la posibilidad de que no seamos únicamente nos otros los habitantes inteligentes de este planeta.

Pues bien, en este particular, quiero poner al lector en contacto con un gran libro en el que encontrará pruebas históricas —cientos de documentos tan auténticos como aquéllos en los que fundamentamos nuestra historia— procedentes de todas las culturas y de todas las latitudes. Me refiero al libro de mi entrañable amigo A. Faber Kaiser titulado «Las nubes del engaño» (Planeta). En él podrá ver que la mayor parte de los historiadores de la antigüedad han dejado testimonio escrito de la aparición o de la intervención en la historia humana de unos extraños personajes inteligentes no humanos que han llenado siempre de admiración a

nuestros antepasados.

Naturalmente, el incrédulo seguirá pidiendo pruebas para cerciorarse de la existencia de semejantes seres inteligentes no humanos. Y se las proporcionaremos, o mejor dicho él mismo se las puede proporcionar, si se toma el trabajo, tal como dijimos unas líneas más arriba, de leer los repetidos y documentados testimonios que se encuentran en todos los libros sagrados y profanos de todas las culturas y de todas las épocas; y se convencerá de esta | realidad, si reflexiona desapasionadamente acerca de los fundamentos doctrinales y de los orígenes de todas las religiones.

Tomemos por ejemplo los orígenes del cristianismo y despojémonos por unos instantes de nuestros sentimientos hacia él (ya que si no lo hacemos así, el afecto que sentimos hacia las creencias propias y de nuestros padres, nos impedirá examinarlas desapasionada y racionalmente).

Los diez mandamientos fundamentales de la religión cristiana, no sólo son el fruto de la aparición de uno de estos seres suprahumanos, sino que fueron entregados personalmente por él y nada menos que grabados en piedra, si es que hemos de creer a lo que por más de tres mil años ha venido enseñando el judeo-cristianismo. En el libro más respetado en todo el mundo occidental, se nos dice que un ser llamado Yahvé se apareció en una nube desde la que se comunicaba con los humanos. Una nube que según leemos en el Pentateuco, hacía cosas muy extrañas para ser una nube normal. Este señor, al que acompañaban otros seres suprahumanos dotados de extraordinarios poderes (que por otro lado eran bastante parecidos en sus pasiones a los hombres y que con mucha frecuencia se inmiscuían abiertamente en sus vidas) estuvo apareciéndose de la misma manera durante varios siglos a todo el pueblo hebreo y de una manera personal a diversos individuos a los que les indicaba cuál era su voluntad específica en aquel momento. Estos seres suprahumanos a los que nos referimos, se presentaban siempre como enviados por aquel ser que se presentó en el monte Sinaí; y el mismo Cristo —al que, como ya he dicho, consideramos no como uno de estos seres suprahumanos, sino como a un humano extraordinario— se presentó siempre como un enviado de aquel señor del Sinaí al que él llamaba su «padre». Posteriormente en el cristianismo, las apariciones de todo tipo de seres no humanos, o humanos ya glorificados, son cosa completamente normal y admitida por las autoridades de la Iglesia. Negar ahora este hecho, tal como pretenden hacerlo algunos teólogos modernos, es querer tapar el sol con un dedo.

A los que nos digan que Dios tiene el derecho de manifestarse como quiera y a los que nos presenten la teofanía del judeo-cristianismo como algo único, les diremos que si bien es cierto que Dios tiene el derecho de presentarse como quiera, no es lógico que lo haga con todas las extrañísimas circunstancias con que lo hizo en el caso del pueblo hebreo y por otro lado no estaremos de acuerdo de ninguna manera, en que el caso judeo-cristiano sea un caso único. Muy por el contrario, nos encontramos con que la manera de manifestarse Yahvé al pueblo hebreo, no difiere fundamentalmente en nada, de la manera que otros dioses usaron para manifestarse a sus «pueblos escogidos»; porque como ya dijimos, estos seres suprahumanos gustan de «escoger» un pueblo en el que centran sus intervenciones con la raza humana, y en el que influyen positiva y negativamente, a veces de una manera muy activa y directa. En este particular el judeo-cristianismo no tiene originalidad alguna tal como enseguida veremos. Lo que sucede es que los cristianos, al igual que los fieles creyentes de otras religiones, concentrados en el estudio y en el cumplimiento de sus dogmas y ritos, y aislados por sus líderes religiosos de las creencias y ritos de otros pueblos, han ignorado y continúan ignorando hechos históricos que por sí solos son capaces de sembrar grandes dudas sobre la originalidad y la validez de las propias creencias religiosas.

Las teofanías se repiten

La experiencia de haber sido «adoptados» por un «dios», es casi común a todos los pueblos de la antigüedad, con la circunstancia de que esta adopción conllevaba ciertas condiciones que eran también comunes a todos los pueblos: la exigencia de sacrificios sangrientos de una u otra clase, a cambio de una protección (que resultaba ser tan mentirosa y, a la larga, tan poco eficaz como la que Yahvé dispensó al pueblo hebreo). De hecho leemos en una nota de la Biblia de Jerusalén: «En el lenguaje del antiguo Oriente, se reconocía a cada pueblo la ayuda eficaz de su dios particular».


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