Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
cross

Suscribete para recibir las noticias más relevantes

×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Delegadof escriba una noticia?

La mente humana y los mitos

28/08/2018 07:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

¡Cristianismo un mito mas!

 

Antes de entrar de lleno a considerar específicamente la mitología cristiana, sería conveniente que contestásemos unas preguntas que tienen que estar en la mente de los que por primera vez se encuentran con la tajante aseveración de que el cristianismo es un mito más, entre los muchos que ha habido a lo largo de la historia.

¿Cómo es posible que si el cristianismo es un mito, haya habido tanta gente inteligente a lo largo de los siglos, que lo haya aceptado como la única y verdadera religión? ¿Cómo es posible que no hayan descubierto la falsedad de sus dogmas, ni la falta de inspiración divina de sus escrituras, ni el paralelismo de muchas de sus creencias con las creencias de otras religiones?

Las preguntas son válidas en cuanto que mucha gente se las hará, y de hecho se las han hecho al autor en muchas ocasiones; pero por otro lado contienen aseveraciones falsas. Dejemos para contestar un poco más adelante la primera pregunta y examinemos el contenido de la segunda.

La cruda verdad es que a lo largo de los siglos ha habido mucha gente que ha caído en la cuenta de la falsedad de los dogmas cristianos. Muchos lo han descubierto y no lo han exteriorizado por miedo o por falta de medios para hacerlo. Pero muchos otros lo han hecho repetidamente y sus voces fueron acalladas por Ia intolerancia, por el fanatismo y por los intereses creados de las autoridades eclesiásticas o civiles. El concubinato de estas dos autoridades es constante a lo largo de la historia, no sólo en el cristianismo sino en otras religiones y culturas. Los reyes y los poderosos con frecuencia se apoyaban en la religión (o la combatían) para mantener su dominio sobre sus pueblos; y las autoridades eclesiásticas se apoyaban en el poder civil (o lo combatían) para mantener sus posiciones de privilegio, o para mantener «la pureza de la fe» cuando eran muy fanáticos. Y si bien es cierto que en muchas ocasiones ha habido enfrentamientos entre estos dos poderes, es aún más cierto que el maridaje entre ellos, ha sido mucho más frecuente.

El cristianismo, cuando llevado de la mano por los emperadores romanos cristianos se constituyó en la religión oficial del Estado convirtiéndose en un Estado más en la Europa medieval, se hizo ferozmente intolerante. Toda la mansedumbre que su fundador había predicado y de la que habían dado testimonio vivo los primeros cristianos, desapareció como por ensalmo. No se podía pensar de una manera diferente a como lo hacía la autoridad; y si alguien se atrevía a exteriorizar su pensamiento corría muy serios peligros. Andando los siglos, aquellos peligros se concretaron en horrendas y bochornosas hogueras en las que ardieron miles de discrepantes en toda Europa. Este es un pecado y una lacra que la Iglesia cristiana lleva encima como una lepra y que no se podrá quitar, por más que los teólogos y apologetas contemporáneos elaboren documentos sobre el respeto a la libertad de conciencia. Como dijo Cristo: «Por sus hechos los conoceréis». Contra las bellas palabras del Concilio Vaticano II están las mazmorras, las hogueras, los genocidios y las guerras de religión con las que los cristianos europeos se degollaron mutuamente durante siglos.

El lector puede ir ya viendo hasta qué punto no era válida la pregunta que nos hacíamos en párrafos anteriores. Hubo muchas personas que descubrieron la falsedad y hasta la absurdez de muchos de los dogmas cristianos; pero como ya dijimos sus voces fueron inmisericordemente acalladas. Y cuando los rebeldes se atrevieron a exponer sus dudas por escrito, sus obras fueron destruidas. En algunos casos la destrucción de las obras «heréticas» de algún autor fue concienzuda y sistemática, no quedando rastro de él ni siquiera en las obras de otros autores que lo citaban.

Tal fue el caso del escritor romano Porfirio (hacia el año 250). Cuando este autor, no convencido de las creencias cristianas, escribió contra elías con ardor, todavía se podía discrepar abiertamente porque las autoridades aún no habían convertido al cristianismo en la religión oficial del imperio. Pero cuando esto sucedió, alrededor de dos siglos más tarde, las obras de Porfirio (en las que se denominaba al cristianismo como «blasfemia bárbaramente audaz») fueron buscadas minuciosamente en las bibliotecas y destruidas para que no quedase rastro de ellas. En varias ocasiones se hicieron hogueras con las obras de Porfirio que se iban hallando. Y tal fue el celo biblioclasta de aquellos fanáticos, que de los treinta y seis libros de este autor, apenas si queda alguno, a pesar de que en muchos de ellos no hablaba en absoluto del cristianismo. Pero para que nadie se aficionase a su nombre o a su pensamiento, las autoridades quisieron borrarlos por completo para que no quedase huella de su existencia. Y para lograrlo más eficazmente, no sólo destruyeron los libros de Porfirio sino que arremetieron también contra las obras de otros autores en las que se citaban algunos de sus párrafos, sin importar el que algunas de estas citas estaban en libros escritos por autores cristianos contra Porfirio y en defensa del cristianismo. Había que borrar de la mente del pueblo no sólo las ideas de semejante hereje sino su mismo nombre para que nadie cayese en la tentación de querer averiguar algún día lo que él había dicho.

Ese fue el caso de Eusebio, obispo de Cesárea, considerado el padre de la historia eclesiástica y tenido como el prelado más sabio de su tiempo. Alguna de sus obras, escrita precisamente para refutar a Porfirio, fue conociéndose cada vez menos hasta que prácticamente desapareció (salvo algunos breves pasajes). La razón de su desaparición fue que citaba abundantemente a Porfirio y las aceradas críticas de este autor aparecían con toda su fuerza en las citas.

La obra de destrucción fue tan concienzuda que hacia el siglo V San Juan Crisostomo escribía: «Ha desaparecido de sobre la faz de la tierra todo resto de la literatura y de la filosofía de los tiempos antiguos».

Los cristianos piadosos que se preocupan por conocer los orígenes de sus creencias (que dicho sea de paso, constituyen una exigua minoría) deberían reflexionar ante el hecho de la falta de eco que las nuevas creencias cristianas tuvieron durante mucho tiempo en las mentes más evolucionadas de la sociedad romana. Una «Revelación» que pasaba por ser la única verdadera, que por millones de años Dios había tenido reservada para la humanidad, que estaba avalada nada menos que por la presencia del Hijo Único del Dios del Universo, que estaba destinada a ser el único camino de salvación de los hombres... tenía necesariamente que causar un hondo impacto en las mentes de todos los que se pusiesen en contacto con ella y, hablando en general, tenía que ser bien recibida. Pero la realidad fue muy diferente y apenas nos la mencionan algunos autores. Los grandes historiadores romanos —y no son pocos—silencian el trascendental hecho de la venida del Hijo de Dios al mundo. Probablemente oyeron hablar de ello pero lo asemejaron a otros «hijos de Dios» de otras religiones en las que tan fecunda ha sido la mente humana. Y los pocos que se dignaron dejarnos alguna noticia de la nueva religión, no son precisamente alabanzas lo que le dedican al cristianismo. Tácito dice de la nueva religión: «Es una superstición perniciosa». Suetonio la define como «una superstición vana y de gente frenética». Plinio el Joven no es más generoso en su apreciación: «La nueva religión es una superstición extravagante y perversa».

Y en verdad algo de «frenéticos» y de «extravagantes» debían tener aquellos primeros cristianos cuando, según San Jerónimo, un testigo más bien prejuiciado en favor, algunos que venían para hacerse cristianos, al ver el ardor fanático de aquellos neófitos, «querían irse enseguida y se iban, diciendo que era mejor vivir entre bestias fieras que entre semejantes cristianos». Y otro Padre de la Iglesia, San Gregorio de Nazianzo, molesto ante los neocon-versos que sin apenas haber estudiado, se ponían a predicar ardorosamente, escribió estas crudas palabras: «No me sentaré en el sínodo mientras los gansos y las grullas vociferan». Y sabía muy bien lo que decía, porque había presidido el conciclio ecuménico de Constantinopla.

Lo que tiene que quedar claro en la mente del lector, es que desde un principio y en todas las épocas, ha habido muchos Porfirios que no sólo han rechazado de palabra los dogmas cristianos, sino que han puesto su rechazo por escrito, aunque luego sus libros hayan sido silenciados. Estos «Porfirios» se llaman Celso, Hierocles, Marción, Luciano de Samosata, Taciano, Celestio, Novatiano, Flavio Filóstrato, Arrio, Orígenes, etc., etc. Fueron declarados «herejes» (aunque algunos de ellos murieron como mártires) y sus obras por lo general fueron destruidas. De hecho los primeros biógrafos extraevangélicos de Cristo fueron Marción, con su «Evangelión» y Taciano con su «Diatésaron»; y aunque sus libros en la antigüedad fueron muy conocidos, desaparecieron o cayeron en desuso debido a la persecución de que fueron objeto.

Hasta hace pocos años existió, de acuerdo con las autoridades vaticanas, el famoso y nefasto «Index». Este índice no era otra cosa que una lista de libros «malditos», cuya lectura le estaba prohibida a todo católico. Nadie podía leer ninguno de ellos —y eran más de 4.000— sin incurrir en pecado mortal. Este «índice» era una auténtica castración mental aplicada a las mentes de todos los católicos para que éstas no pudiesen abrirse a lo que otros seres humanos habían pensado y descubierto. Muchos de estos autores habían descubierto la vaciedad de las creencias cristianas, pero la intolerancia de las autoridades eclesiásticas evitaba que su mensaje llegase a conocimiento de otros. Impidiendo así la libre circulación de las ideas y el conocimiento de muchos hechos históricos, no es extraño que muchos seres humanos no lleguen nunca a descubrir ciertas realidades.

Paralelo a esto que estamos diciendo está otro hecho increíble sobre el que todo cristiano inteligente debería reflexionar, ya que tiene fuerza para levantar serias dudas acerca de ciertas «verdades sagradas» de su propia religión. Me refiero al hecho de que por muchos años la lectura de la Biblia estuvo vedada a los simples fieles.

Uno, lleno de admiración, se pregunta: ¿Cómo es posible que las autoridades eclesiásticas piensen que la «palabra de Dios» puede ser nociva para el alma de quien la lea? ¿O es que dudan de que las historias de la Biblia sean en realidad, palabra de Dios? Porque a nadie se le va a ocurrir pensar que Dios no fue discreto cuando les inspiró a los diversos autores las historias que ellos transcribieron. Pero aunque a nadie se le ocurra tener semejante duda de la discreción de Dios, lo cierto es que la Iglesia prohibió durante siglos leer su palabra. ¿Por qué? ¿Es que la Iglesia piensa que la mayoría de sus hijos son tontos o incapaces de entender rectamente lo que leen? ¿Es que Dios escribe muy enrevesado y necesitamos de alguien instruido que nos traduzca rectamente su pensamiento? ¿No será porque muchas de las historias en ella contenidas no son edificantes, o son contradictorias, o no concuerdan con las verdades históricas conocidas, o son simple y llanamente absurdas?

No importa cuál de estas preguntas sea la causa. De nuevo volveremos a decirnos que es absolutamente increíble que por siglos la lectura de la «palabra de Dios» haya estado vedada a los cristianos normales. La razón profunda de esta prohibición pensamos que es la que apuntábamos en la última de las preguntas que nos formulamos más arriba: La lectura de la Biblia no aguanta una seria crítica. La lectura de la Biblia es capaz de quitarle la fe a cualquiera que, libre de prejuicios, someta lo que lee a un análisis profundo. Por eso lo mejor que hicieron los jerarcas eclesiásticos fue prohibir al simple fiel su lectura.

Toda esta disquisición es únicamente con el objeto de contestar la pregunta que nos hacíamos al principio de este capítulo: ¿Cómo es posible que no haya habido, en tantos siglos, personas que hayan caído en la cuenta de la falsedad de las creencias cristianas? La contestación es que sí las ha habido, y en gran abundancia. Una prueba de ello es la cantidad de herejías y de sectas que han brotado dentro del propio cristianismo Todos estos «herejes» eran personas que se rebelaban contra alguna de las creencias oficiales mantenidas por las autoridades. Lo malo es que en muchas ocasiones se rebelaban contra un mito para caer en otro, salido de sus propias cabezas.

Cuando en el siglo XV, pasando por encima de las prohibiciones eclesiásticas, la lectura de la Biblia se generalizó entre el pueblo común, aparecieron por todas partes herejías y sectas, basadas precisamente en las diferentes interpretaciones que el pueblo le daba a lo que leía. Indudablemente o Dios o los «autores sagrados» no se expresaron claramente a juzgar por las muy diversas interpretaciones que los textos recibieron.

El fenómeno de ser la Biblia la causa de muchas discordias en el seno del cristianismo fue algo que se dio repetidamente a lo largo de la historia; pero con el advenimiento del protestantismo, con su énfasis en la libre interpretación de las escrituras, las discordias y los odios se multiplicaron hasta culminar en las absurdas, fanáticas y antievangélicas «guerras de religión».

En cierta manera las autoridades eclesiásticas obraban muy sabiamente, desde un punto de vista político, prohibiéndole a los fieles leer la Biblia. Instintivamente se daban cuenta de que su lectura iba a despertar muchas conciencias cuando se encontrasen con todas las contradicciones, malos ejemplos, vulgaridades, errores históricos y científicos y, sobre todo, con una imagen de Dios tan absurda e intragable como nos presentan los «libros sagrados».

Al ignorar el pueblo por siglos todas estas realidades, conociendo únicamente lo que los teólogos y las autoridades le presentaban como «palabra de Dios», naturalmente tardó en descubrir las bases falsas en que se apoyaban todas sus creencias.

Volvamos ahora a la pregunta que dejamos sin contestar al inicio de este capítulo: ¿Cómo es posible que si el cristianismo es un mito, haya habido tanta gente inteligente a lo largo de los siglos que lo haya aceptado como la única religión verdadera?

La contestación está en la gran debilidad de la mente humana ante los mitos. (Estos nos son implantados en la más tierna infancia, mezclados casi con la leche materna. Y no sólo con leche materna sino con toda una serie de circunstancias y usos familiares, tradicionales, raciales, patrióticos, regionales y culturales, que hacen que esos mitos se conviertan en una parte integrante de nuestro ser.

Los mitos, a su vez, generan ellos mismos todo un entorno tradicional y cultural tan fuerte que en muchas ocasiones acaba por ahogar la idea original del mito. Piénsese si no, en lo que ha ocurrido con el mito de la Navidad. La Iglesia lo heredó clara- mente de otras religiones anteriores tal como veremos más ade-lante; pero a su vez le añadió toda una serie de circunstancias que la sociedad ha ido multiplicando por su cuenta de modo que en la actualidad, en las mentes de muchos de los que con más entusiasmo celebran las fiestas navideñas, apenas si queda nada del mito que originó todas las celebraciones.

Sin embargo no se puede negar que en un cristiano normal que conozca y cumpla aunque sólo sea medianamente lo que le exige la fe, la fuerza emocional del mito de la Navidad es enorme. La escena del Niño Jesús en el pesebre, rodeado por María y José y con el detalle de la mula y el buey calentándolo con su aliento, es algo que en todos nosotros está profundamente mezclado con la infancia, con nuestros padres... y si cerramos los ojos veremos a la abuelita poniendo flores cerca del pesebre o escucharemos todavía los villancicos que todos los hermanos cantábamos extasiados ante el nacimiento que nuestros padres habían hecho en casa. Pero probablemente ya la abuelita hace años que desapareció y nuestros padres son ya ancianos y desde lo más profundo del alma se levanta una brisa helada de nostalgia o de tristeza. El mito está enredado no sólo en el cerebro sino también en el corazón. Y el cerebro no suele funcionar bien cuando discute con el corazón.

Este mecanismo afecta a millones de creyentes al enjuiciar otras religiones que no son la suya. Los cristianos, por ejemplo, ven con toda claridad los errores de todo tipo y las ridiculeces, injusticias y hasta monstruosidades que se dan en el islam, budismo o hinduismo. Pero resulta que hay nada menos que tres mil millones de seres humanos racionales que no ven semejantes aberraciones y que se mantienen fieles a sus respectivas creencias, estando en ocasiones dispuestos a dar la vida por ellas.

Por el contrario, si les preguntamos a algunos de ellos acerca de las creencias cristianas —que nosotros encontramos tan racionales— nos dirán lo que, por ejemplo, nos dice Maulavi Saiyd Amir, un eminente teólogo mahometano moderno:

«...La causa fundamental de la divergencia entre el islam y el cristianismo es la afirmación cristiana de que Jesús es el "hijo unigénito de Dios"».

«El islam niega que se pueda encontrar semejante doctrina en las enseñanzas del profeta nazareno. Afirma que se trata de una idea tomada de fuentes extrañas... El profeta árabe considera ridícula la idea de que Jesús pretendiera ser objeto de adoración divina: "No dice nada bueno en favor de un hombre —nos advierte en el Corán— el que Dios le haya dado las Escrituras y la sabiduría, que le haya concedido el don de la profecía y que él entonces diga a sus seguidores: 'Sed adoradores míos como yo lo soy de Dios' en vez de decirles que sean perfectos..."» (Corán 3, 7).

«La idea de que Dios tuviera descendencia es algo que en el islam se ve con un sentimiento de horror. Nos dice el Corán: "dicen que el Dios de misericordia ha engendrado un hijo! Decir esto es decir algo muy grave. Poco ha faltado para que los cielos se rasguen y las montañas se vengan abajo ante el hecho de que le atribuyan hijos a Dios. No es propio de Dios tener hijos"» (Corán 19, 91-94).

Como vemos, lo que constituye el principal fundamento del cristianismo, es un puro mito para ochocientos millones de musulmanes, que no tienen ninguna duda con relación a ello, sino que lo consideran «ridículo» y un «horror» en palabras del propio Profeta.

Aparte de esto, la mente humana también es débil ante los mitos porque muchos de éstos en definitiva, tratan de algo trascendente y el «más allá», es un puñal clavado en lo profundo de la mente de todos los seres humanos. Los mitos, y sobre todo los mitos religiosos, nos habían de ese más allá. Nos hablan de una manera confusa y hasta contradictoria, pero muestran algún cabo al que agarrarse, y la mente se aferra desesperadamente a él. Este miedo natural al más allá, ha sido acrecentado precisamente, en el caso cristiano, por el terror sacro que las autoridades eclesiásticas han ido destilando durante dos mil años en el alma de los creyentes. Una parte del mito nos ha llenado el alma de terror, y la mente se aferra entonces desesperada a la otra parte del mito que nos da alguna esperanza.

Pero la mente humana no es sólo débil ante los mitos que otros le imponen; paradógicamente y debido a esta misma debilidad, la mente humana es muy proclive a crear ella misma sus propios mitos, cuando aquéllos que le ofrecen no le sirven. De modo que no sólo tiene que defenderse de lo que los otros quieren imponerle desde fuera, sino de sí misma, y de sus propios miedos que la fuerzan a fabular y a creer lo que fábula.

Los hombres de todas las culturas se han pasado siglos y siglos inventando mitos trascendentes que tras los años acababan convirtiéndose en pomposas religiones. En cuanto, por una razón u otra, alguien descubría la vaciedad de aquel mito, inventaba otro con el que, a su vez, tanto su mente como las de sus conciudadanos seguían aprisionadas.

Para una humanidad niña, gregaria y sin evolucionar, los mitos son necesarios. Y por mucho que los políticos les mientan a las masas, y practiquen la demagogia alabando la madurez del pueblo, las masas siempre son infantiles y muy fáciles de engañar. Las personas maduras y evolucionadas son siempre una minoría en todas las sociedades; y lo primero que hacen es no ser gregarios para evitar ser contagiados del psiquismo que invade a las masas. «Odi profanum vulgus et arceo».

El hombre común que por las razones que sea, no se ha

encontrado todavía a sí mismo, buscará desesperadamente la identificación con el grupo. Y el grupo le cobrará su admisión imponiéndole sus mitos. Los cotidianos mitos pequeños «de andar por casa» (tradiciones, modas, y todas las demás puestas de largo y primeras comuniones que se lleven) y los grandes mitos culturales, patrióticos y religiosos. Los primeros aprisionan las mentes de los individuos y los segundos, además de remachar los grilletes de los primeros, impiden evolucionar a la sociedad entera. Es mucho más fácil rebelarse contra las tradiciones y pequeños mitos diarios, que contra los grandes mitos sociales, y peor aún si son trascendentes, cual es el caso de las religiones.

Con estas consideraciones damos por contestada la primera de las preguntas que nos hacíamos al comienzo del capítulo: ¿por qué tantas personas inteligentes han tenido al cristianismo como la única religión verdadera?

Los seres humanos cuando se convierten en autoridad, tienden a deshumanizarse y cuanto mayor es la autoridad o el cargo, mayor es la tendencia, porque mayores son las tentaciones para ello. Las grandes autoridades civiles, eclesiásticas, académicas o militares suelen defender con verdadera ferocidad sus posiciones y su «autoridad», y de ordinario no tienen inconveniente en sacar de en medio, por los medios más expeditos, a los que ponen en peligro su cargo. Por eso los pensadores y en particular los escritores, han sido siempre tan mal vistos por todas las dictaduras. Los que se atrevieron a rebelarse contra los mitos paganos eran echados a los leones; y los «heresiarcas» que se rebelaban contra los mitos cristianos, terminaron con tanta frecuencia en la hoguera como en las santas mazmorras de la Inquisición.

Por lo tanto la pregunta inicial ha perdido mucho de su fuerza ya que lo cierto es que a lo largo de los siglos ha habido muchísima gente que se ha rebelado contra las creencias del cristianismo oficial. Si sus ideas no llegaron a ser conocidas del pueblo fue porque las autoridades se lo impidieron, ya que sus posiciones privilegiadas estaban ligadas a la perpetuación de los mitos.


Sobre esta noticia

Autor:
Delegadof (78 noticias)
Visitas:
1786
Tipo:
Opinión
Licencia:
Copyright autor
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.