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30/06/2017

Obstinarse en dar prorroga a la continuidad defendiendo políticamente lo inservible, es un ejercicio de frivolidad que entraña consecuencias funestas, un riesgo que al parecer no evaluó su majestad el Rey, antes de manifestar su apoyo en el Hemiciclo al fracasado modelo de la Transición

Cada uno cuenta la feria según le va en ella,    refrán que parece convertirse en norma de aplicación incluso llegado el caso de afrontar el análisis de los avatares históricos de la Transición, eso al menos es lo deducible a juzgar por la intervención de Felipe VI de Borbón en el Congreso, en la sesión celebrada el pasado miércoles en la Cámara Baja para conmemorar el 40º aniversario del 15-J; es decir, la celebración de cuatro décadas desde las primeras elecciones democráticas.

Tal es así, que en el transcurso del acto, el monarca en su mensaje a los asistentes mas que referir la versión original de este periodo de nuestra historia reciente, optó por explicar el tránsito de la dictadura a la democracia desde la muy peculiar interpretación de la casa real, o lo que es lo mismo, considerando esencialmente sus efectos hacia la monarquía, recurriendo para ello a pautas de ensoñación, que por deformación de   la realidad,    hicieron que la singular interpretación del soberano fuese contrapuesta de cabo a rabo con la realidad de los hechos acaecidos en estos años.

Mas que seguir incurriendo en la autocomplacencia, pintando la Transición como si fuese un paradigma, modélico e incluso exportable, tras cuarenta años de tergiversación va siendo mucha hora de reescribir la historia en sus justos términos, para así, lejos de enaltecer el proceso y conferirle cualidades de reconciliación, adjudicarle su más adecuada función como la gran estafa a las dos Españas de Machado.

Pues sobra decir que en su transcurso, mas allá de abrirse vías al cambio, se impuso la continuidad y la consolidación encubierto del modelo político anterior, como viene a significar el hecho, que nunca, se diese una   ruptura explícita con el régimen franquista, ni nada que se le pareciese, no siendo por tanto, de recibo que a pesar de ser otra la realidad, desde el oficialismo el propio jefe del Estado pretenda vendernos por cierta la adulterada hagiografía de una simulada transformación.

De igual modo es cuanto menos una falacia proclamar que la institución monárquica es un referente de ponderación investido por la ciudadanía, cuando lo cierto es que la instauración de la monarquía y su entronización fue una determinación exclusiva del dictador, y por tanto, ajena a la voluntad popular, no cabiendo por ello   recurrir al subterfugio de utilizar el resultado del referéndum   de la Constitución del 78 como su argumento de legitimación, cuando es de sobras sabido que todo aquello transcurrió asimilado a un clima de   coacción sociopolítica, carente de garantías democráticas y envuelto en un clima de amenazas e involución

Lo que este país necesita es abrir una nueva etapa, encaminada a racionalizar la forma de hacer política con actualización y mejora de nuestra arquitectura jurídico-institucional

Aspectos que ponen de manifiesto que los tentáculos del “franquismo sociológico” siguieron marcando las pautas e invadiéndolo todo, confirmando con ello que la Transición en la amplitud de su extensión,    tuvo más que ver con cuestiones de remplazo generacional que con la puesta en valor  de medidas éticas y políticas,

Siendo tal disensión, razón sobrada para entender que el fracaso de sus medidas, y la repercusión de sus negativos efectos fueron el principal obstáculo para lograr de forma efectiva la implantación y desenvolvimiento de un verdadero Estado de Derecho, limitaciones, que entre otras consecuencias también impidieron conciliar adecuadamente el controvertido conflicto territorial de las identidades periféricas y provocaron igualmente que las garantías de pluralismo e igualdad brillasen por su ausencia.

No se le puede otorgar marchamo   de ejemplarizante al formato político defendido desde su instauración   por quien ahora ostenta el gobierno del país, pues no hemos de olvidar que estamos hablando del Partido Popular, de un partido al que se le escurre entre los dedos la defensa   de la democracia, ante su contradictoria actitud de mantener intacta su defensa del franquismo, como así demuestra el hecho que durante los últimos cuarenta años nunca haya condenado por su nombre aquella dictadura asesina

Otro referente que atestigua que el sistema ha llegado a fin de recorrido lo manifiesta la utilización torticera que los políticos hacen de la Constitución y su empeño a mantenerla inalterable, a pesar que en su implícito, los derechos fundamentales pierde enteros día a día; un argumento mas que demuestra el fracaso de lo hasta aquí actuado e indica la necesidad de acometer sin dilación una reforma constitucional de amplio alcance, porque lo que este país necesita es abrir una nueva etapa encaminada a racionalizar la forma de hacer política con actualización y mejora de nuestra arquitectura jurídico-institucional, y ello debe ser así, porque en  una democracia que se precie, la soberanía debe emanar del pueblo que nunca de unas instituciones heredadas de un régimen dictatorial.

Pues a pesar de todo, el miércoles pasado el Jefe del Estado en su intervención en el Hemiciclo, al pasar de puntillas sobre los aspectos más controvertidos de la realidad del país, convirtió su mensaje en panegírico de la continuidad del sistema y de afianzamiento de lo inservible; estrechez de miras de su Majestad al desechar la oportunidad que le brindaba la ocasión, cerrando con ello toda probabilidad a sugerir institucionalmente la necesidad de imprimir un vuelco a la situación que utilizando su protegido recetario  será imposible conseguir

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