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Por qué y para qué se manifiestan los dioses

28/08/2018 08:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Si hubiésemos de resumir muy brevemente la contestación a estas preguntas, diríamos que se manifiestan fundamentalmente por necesidad

.

Sin embargo estas dos simples palabras tendrán que ser expuestas y analizadas muy detalladamente, para que no sean entendidas de una manera errónea; y éste será el propósito de todo este capítulo, que también podría titularse «Qué buscan los dioses en nuestro mundo».

Nos ayudará mucho en todo este análisis, la reflexión acerca de los motivos que los humanos tenemos para interferir en la vida de los animales. Tenemos que ir metiéndonos en la cabeza que la relación entre nosotros y los dioses, tiene muchos paralelos con nuestra relación con todo el mundo animal.

Por necesidad

Fundamentalmente, los hombres nos entrometemos en la vida de los animales animados por los mismos motivos que acabo de señalar, por necesidad y por placer. En nuestro caso la necesidad que de ellos tenemos es mucho más acuciante que la que los dioses tienen de nosotros. Hoy día, a pesar de que nos hemos liberado enormemente de esta necesidad de los animales, (sobre todo si nos comparamos con nuestros remotos antepasados y aun de nuestro inmediatos antecesores para quienes la tracción animal, las pieles las lanas, etc., etc., eran cosas sin las cuales la vida se les hubiera hecho mucho más difícil, ya que no habían logrado todavía adelantos que hoy tenemos en cuanto a maquinaria y sintéticos) sin embargo todavía tenemos una enorme dependencia de ellos sobre todo a nivel alimentario. Es una triste y cruel verdad, que hasta la humanidad más avanzada, depende todavía en la actualidad de una manera radical de los animales. Sencillamente necesitamos comérnoslos directamente o extraer de ellos grasas, carbohidratos y proteínas para poder subsistir, porque todavía no hemos sido capaces de crear sustitutivos sintéticos en cantidad y calidad, ni de desarrollar una agricultura que nos provea de todos estos compuestos alimenticios que necesitamos.

La necesidad que los dioses tienen de nosotros es mucho más relativa y menos perentoria o apremiante que la que nosotros tenemos de los animales. Muy probablemente pueden subsistir —por lo menos en su medio ambiente natural— sin necesidad de recurrir a nosotros para nada. Y digo en su medio ambiente natural, porque muy bien puede suceder que el esfuerzo de llegar hasta nuestro medio ambiente o de mantenerse en él, genere en ellos cierto tipo de necesidades extraordinarias que les haga precisar de algo que hay en nuestro mundo y que ellos no han podido traer consigo desde sus lugares o dimensiones de origen.

Y aquí volveré a repetir que algunos de ellos no necesariamente tienen que venir de otro lugar del Universo y muy bien pueden residir aquí, en nuestro mismo planeta, pero en otra dimensión o nivel de existencia; lo cual, para nuestros sentidos, sería como no residir en ningún plano de los que nosotros conocemos y habitamos. Sin embargo, aun no viniendo de ningún otro lugar del Universo y aun siendo de nuestro mismo planeta, este saltar de su dimensión o nivel al nuestro, podría crear en ellos alguna necesidad que tendrían que suplir con algo que nosotros les suministrásemos.

Pero a pesar de esto, creo que la necesidad que ellos pueden tener con relación a nosotros, es más psicológica o espiritual que material, constituyendo al mismo tiempo para ellos un placer el llenar esta necesidad.

Como seres inteligentes que son, tienen la misma necesidad que nosotros tenemos de saber y de conocer cada vez más. Lo mismo que un zoólogo se pasa horas y horas observando el comportamiento de determinado animal, únicamente por saber o por conocer sus hábitos de conducta, y sin ningún interés comercial sobre él. Es el saber por saber; porque el conocimiento es el alimento natural de la inteligencia. Es perfectamente natural que estos seres, una vez que hayan descubierto nuestra existencia, sientan una urgencia por conocer nuestra manera de actuar y todavía más, nuestra manera de pensar y todos los sentimientos superiores de qué es capaz nuestra alma.

Y no sería nada extraño que en muchas ocasiones provocasen determinadas Situaciones para observar nuestras reacciones a ellas y muy posiblemente para aprender algo de todo ello. ¿No tenemos nosotros textos de Historia Natural en los que catalogamos las cualidades y características de todos los seres vivientes que nos rodean y todo ello sólo por el afán de saber? ¿No parece muy lógico que haya seres superiores a nosotros que estén haciendo poco más o menos lo mismo, estando nosotros tan ajenos a ellos, como los están las hormigas de las prolongadas observaciones que el entomólogo hace sobre sus idas y venidas en el hormiguero?

Por placer

Entremos ahora en la consideración del otro motivo de la manifestación de los dioses en nuestras vidas: su placer. Creo que este motivo y finalidad tiene mucha más importancia, por lo menos por nuestra parte, debido a las consecuencias que esto tiene y ha tenido en las vidas de todos los hombres que han pasado por

este planeta.

Y fíjese el lector que digo su placer y no nuestro placer, como ingenuamente siguen creyendo todavía tantos aficionados al fenómeno ovni. Y como, más ingenuamente todavía, siguen creyendo

todos los líderes religiosos, que continúan tragándose la gran mentira de que «ellos» —el dios de cada religión— vienen a mundo para nuestro bien («se encarna para nuestra salvación») o como quiera que se enuncie en cada una de las múltiples «revelaciones» con que nos han engañado por siglos. Tanto los dioses los creyentes, como los ovnis de los platilleros, lejos de ser remedio para nuestros problemas, son un problema más; son más grave problema que la humanidad tiene planteado en cuanto a su evolución social y personal.

Volvamos a reflexionar acerca de nuestra conducta en relación con los animales. Nadie puede negar que los animales, aparte d vestirnos y nutrirnos, hayan sido siempre una fuente de diversión de placer para nosotros. Las peleas de gallos, las corridas de toros, las carreras de galgos y de caballos (y en cuestión de carreras creo que, por pasatiempo, no hay clase de animal al que no hayamos puesto a correr) el tiro de pichón, la cetrería y todas las infinitas modalidades cinegéticas, son ejemplos que prueban sin lugar a dudas que el hombre ha usado siempre a los animales para divertirse.

Y hemos de caer en la cuenta de que, aun en los casos violentos —como son las corridas de toros o los safaris africanos, pasando por una vulgar cacería de conejos— el hombre practica; estos «deportes» sin tener ni pizca de odio hacia los animales, por -más que los destripe con sus rifles y sus perdigonadas. Es por puro placer egoísta. Y como anteriormente dijimos, no siente por esto actos, remordimiento alguno, ya que entiende que el mero hecho de ser hombre le da derecho a usar los animales como le parezca.

Si estos seres que se nos manifiestan en apariciones y en vehículos siderales, tienen la misma filosofía que nosotros, entonces vamos a salir muy mal parados; el mero hecho de ser ellos «dioses», es decir, una especie de superhombres (al igual que nosotros no somos más que unos superanimales), les dará derecho a usar a los hombres como les venga en gana, privándolos incluso de la vida, si esto conviene a sus necesidades o a sus gustos. Y por supuesto, sin que ello signifique que nos odian o que tienen nada contra nosotros.

Lector, prepárate a oír una muy desagradable noticia: esto es ni más ni menos, lo que ha estado sucediendo desde que el primer hombre apareció sobre la superficie del planeta. Y de paso —y a manera de paréntesis— déjame decirte que cuando el primer hombre apareció en la superficie del planeta, ya estos misteriosos y superinteligentes individuos andaban por aquí. En primer lugar, porque posiblemente este planeta es más de ellos que de nosotros, y en segundo lugar, porque muy probablemente el «Adán» o primer hombre de cada una de las razas, es una hechura — ¿un juego?—de estos «elohim» (que significa «señores») tal como les

llama la Biblia.

Y aunque al hablar de. «hechura» pueda parecer a primera vista que se rompe el paralelo {ya que los animales no han sido creados por el hombre), sin embargo no se rompe, ya que no me refiero a una hechura total o «de la nada», sino a una gran manipulación de aquellas primeras criaturas inteligentes o semiinteligentes. Y nadie negará que el hombre ha manipulado enormemente todas las razas de animales haciendo desaparecer muchas de ellas, multiplicando desproporcionadamente otras, e incluso creando una gran cantidad de especies nuevas y de híbridos.

Al igual que sucedió en todo el reino animal, el primer superanimal llamado «homo sapiens» fue el fruto natural de una evolución programada por una Inteligencia superiorísima que se esconde no sólo en el fondo del Cosmos, sino que está diluida-mente presente en todas y cada una de las criaturas del universo, incluida la materia que llamamos muerta.

Pero cuando el primer rudimentario «homo erectus» tuvo posibilidades de convertirse en un «homo sapiens», hicieron su aparición los dioses. Ellos manipularon racialmente aquella criatura (al igual que nosotros hacemos con los animales) y con bastante probabilidad no se contentaron con eso, sino que, dado su grado de evolución intelectual, fueron capaces de programarlo, genéticamente de modo que a lo largo de las sucesivas generaciones fuese comportándose y evolucionando —o no evolucionando— de la manera que a ellos les convenía (y que no es precisamente la manera que más le conviene a la raza humana).

Más adelante veremos en particular cuáles fueron estas características genéticas, raciales o temperamentales, fruto de esta manipulación de los dioses en los primeros ejemplares de cada raza humana.

Si estas ideas, amigo lector, te parecen raras, prepárate, porque vas a encontrarte con otras más extrañas todavía a medida que vayamos profundizando en el tema.

¿Qué placer?

¿Qué placer pueden sacar los dioses del hombre, aparte de la satisfacción de conocer a otras criaturas inferiores del Universo? Ciertamente, el placer que ellos sacan de nosotros no es tan elemental y burdo como el que nosotros sacamos de los animales. Y antes de proseguir, quiero hacerle notar al lector que no debe pensar que nosotros somos algo importante en la vida de los dioses; porque nuestro natural egoísmo —nos han dicho y redicho que somos los señores de los animales y los reyes de la creación— nos lleva a creer que somos unos personajes centrales en este planeta; y que aunque ahora resulte que hay otros por encima de nosotros, éstos deben estar muy atentos a lo que nosotros hacemos, porque al fin y al cabo nosotros somos los que dominamos la superficie de la Tierra; y según las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles —que es el nombre bíblico de los dioses— están muy pendientes de lo que los hombres hacen. Pero las cosas no son así como nosotros creemos (y paradójicamente, como más tarde veremos, son los mismos dioses los que nos han inducido a tener esta falsa creencia de que nosotros somos los dueños del planeta). La realidad es completamente diferente. Los hombres con nuestras grandes carreteras, nuestros aviones, nuestras ciudades, etc., etc., no molestamos a los dioses porque ellos no usan nuestro entorno físico. Usando un símil, ellos viven en otro piso de este inmenso condominio que es el planeta.

Millones de bacterias se puede decir que conviven con nosotros —literalmente millones dé ellas viven dentro de nosotros— sin que sus vidas interfieran o molesten en lo más mínimo a la nuestra. Su «nivel de existencia» es diferente al nuestro. Pues bien. a los dioses les sucede algo parecido; pero su separación de nosotros es todavía mucho más radical que la de las bacterias. Estas viven en nuestra misma dimensión y obedecen a casi las mismas leyes físicas a las que nosotros estamos sujetos; de hecho, si nos lo proponemos, —usando un gran microscopio o con otros medios— somos capaces de verlas y captarlas con nuestros sentidos. En cambio estos seres, sin dejar de regirse por ciertas grandes leyes generales del Universo por las que nosotros también nos regimos, caen bajo otras que no nos afectan a nosotros y que nos son totalmente desconocidas. Cada dimensión del Cosmos tiene sus leyes específicas que no aplican a otras dimensiones. Lo mismo que dentro de una misma dimensión, hay muchas leyes que sólo aplican a determinados cuerpos o en determinadas circunstancias. El potente electroimán que es capaz de levantar un camión cargado con diez toneladas de chatarra de hierro, no es capaz de levantar ni un milímetro un anillo de oro o de cobre. La luna que es capaz de llenar una bahía entera con millones de toneladas de agua de mar, no es capaz de lograr que se derrame ni una sola gota en un vaso totalmente lleno de agua. El Cosmos tiene muchas leyes mucho más extrañas y desconocidas de lo que pensamos nosotros los hombres ordinarios y de lo que piensan los científicos que se creen que ya todo lo inventable está inventado.

Resumamos estos párrafos diciendo que los dioses viven en su dimensión, inalcanzables por nuestros sentidos, sin que de ordinario nuestras vidas ni nuestras actividades les molesten y sin que nos consideren los personajes centrales del planeta, o alguien a quien hay que tener siempre en cuenta en el momento de tomar alguna gran decisión. Los dioses viven sus respectivas vidas totalmente despreocupados de nosotros, lo mismo que nosotros vivimos nuestras vidas totalmente despreocupados de la de los insectos. A no ser que estos insectos interfieran en nuestras vidas y nos molesten de alguna manera. Entonces, con toda naturalidad, los extirpamos y seguimos haciendo lo que estábamos haciendo.

A pesar de la separación radical que existe entre los dioses nosotros, es muy posible que algunas de nuestras acciones colee vas trasciendan la barrera de nuestra dimensión y lleguen a causarles algún tipo de molestia directa o indirecta (por ejemplo, si no nos atenemos a las directrices que ellos nos han dado); en este caso actúan conforme a sus intereses, aunque tengan que hacerlo una manera drástica; y creo que esto, tal como más tarde veremos ha sucedido en muchas ocasiones a lo largo de la historia.

Volvamos a la pregunta que dejamos en el aire unos párrafos más atrás: ¿qué placer pueden sacar los dioses del hombre? No nos usan como alimento, ni como materia prima, ni para sus deportes tal como nosotros usamos a los animales, ¿de qué manera nos pueden usar entonces?

Las ondas que emite el cerebro

Vamos a dejar en suspenso las afirmaciones nada seguras que se hacen entre estas preguntas, porque más tarde volveremos sobre ellas; ahora vamos a fijarnos en algo que constituye la médula dé este capítulo y aun de este libro: en un placer específico que los dioses sacan de los hombres y que probablemente es la principal causa de su interferencia en nuestras vidas y en toda nuestra historia.

El cerebro humano tiene una natural actividad psíquica; esta actividad psíquica, a pesar de que vulgarmente es considerada como algo sinónimo de «espiritual», sin embargo, en último término, no es sino una actividad eléctrica, lo que equivale a decir física, que consiste, tal como ya dijimos, en la emisión de ondas o radiaciones, pero de una frecuencia y longitud, y con unas características peculiarísimas, que hace que tales radiaciones no puedan ser detectadas por los instrumentos normales que usan los físicos, y sí en cambio, por instrumentos biológicos, tales como los cerebros de otras personas o de otros seres vivientes.

Pues bien, los dioses se interesan mucho por esta actividad psíquica del cerebro humano y en particular por toda la actividad psico-fisica de los cerebros, cuando éstos están sometidos a ciertas excitaciones. Los dioses sí están capacitados para captar las ondas que en determinadas circunstancias emite el cerebro. Por lo tanto, su principal actividad entre nosotros —y ésta es una de las más importantes afirmaciones de este libro— consiste en propiciar estas circunstancias en las que el cerebro emite las ondas o radiaciones que a ellos les interesan.

¿Y qué sacan los dioses de estas ondas emitidas por el cerebro humano? Para explicárnoslo de alguna manera, podemos preguntarnos qué sacamos los hombres de otro tipo de ondas parecidas, (aunque de una frecuencia enormemente inferior) tales como las ondas herzianas. Los animales, por no ser capaces de captarlas, no sacan nada de ellas y las desconocen por completo; pero el hombre en cambio, al ser capaz de descodificarlas, puede sacar un placer estético, un estado de placidez, adquirir nuevos conocimientos y todo aquello de lo que es capaz un programa de radio.

Volvamos ahora a la pregunta que hacíamos más arriba: ¿qué sacan los dioses de esas determinadas ondas producidas por el cerebro humano? La respuesta tiene que ser genérica: sacan algo. No sabemos exactamente qué; pero sí hemos llegado a la conclusión de que sacan algo, a juzgar por lo atentos que han estado siempre para conseguirlas.

A lo que parece —y en esto ya no estamos tan seguros— estas radiaciones provenientes del cerebro (y de otras fuentes, tal como veremos enseguida), son para ellos una especie de droga: algo así como para los hombres es el rapé, el tabaco, el café o el licor; es decir, un placer que no es de ninguna manera necesario ni imprescindible, sino un complemento placentero de nuestra alimentación.

Los ovnis en la actualidad, propician los estados anímicos en • que el hombre puede producir esas vibraciones, lo mismo que los dioses lo propiciaban en tiempos pasados. Y esto no son meras deducciones sino que es algo que salta claramente a la vista cuando uno conoce a fondo la manera de actuar de los ovnis en nuestros días, y cuando se ha tomado el trabajo de leer los antiguos historiadores para conocer qué era lo que los dioses les imponían a griegos y romanos y a los pueblos de la Mesopotamia (lo mismo que a los pueblos de la América precolombina) cor «ritos o ceremonias religiosas». A pesar de las distancias en tiempo y en el espacio, curiosamente nos encontramos con mismos hechos, propiciadores de idénticos estados anímicos.

¿Cuáles son los estados anímicos bajo los cuales el cerebro produce estas ondas? Hablando genéricamente podemos decir que el cerebro humano las produce cuando es presa de alguna excitado esta excitación puede provenir de la angustia, de una gran expectacion, del odio violento y manifestado, de una explosión de alegría sobre todo, del dolor; del dolor moral, y más aún, del dolor físico De todos estos estados anímicos, parece que el que más energía produce, aparte de ser el más fácil de conseguir, y al mismo tiempo el que se puede conseguir de una manera más rápido —podríamos decir que casi instantánea— es el de dolor. Bastar con darle un fuerte golpe a uno, para que automáticamente cerebro comience a irradiar este tipo de ondas o de energía que tan apetecida es por los dioses. El lector deberá tener esto bien presente senté para las consideraciones que más tarde haremos en relación con esta circunstancia.

Al principio del capítulo dijimos que los dioses venían a nos otros y se nos manifestaban por dos cosas, por necesidad y placer. En los párrafos que siguen trataremos de profundizar esta doble afirmación.

Si hubiésemos de mirar desde otro punto de vista cuáles pueden ser las razones que los impulsan a manifestársenos, podrían enunciarlas así: buscan en nosotros ciertas cosas de índole psíquica, inmaterial o invisible (las que acabamos de exponer en le párrafos anteriores), y ciertas cosas materiales, visibles y concreta de las que ellos extraen algo. Estas cosas materiales son las que ahora quiero exponerle al lector.

Sangre y vísceras

De nuevo nos encontramos con un paralelo sorprendente, mismo tiempo que totalmente inexplicable desde el punto de vista de la lógica. Más que de un paralelo podríamos hablar de una absoluta identidad de hechos. Y antes de proseguir, quiero confesarle al lector que lo que le voy a decir es algo tan inesperado, tan chocante y tan increíble, que en un primer momento, engendra en la mente del que lo conoce por primera vez, un rechazo absoluto, y una duda acerca de la cordura de quien se atreve a exponer semejante cosa.

Lo que los dioses han pedido siempre en la antigüedad y " continúan pidiendo hoy, es ni más ni menos que sangre; sangre tanto de animales como de seres humanos. ¿Por qué? No lo sé con exactitud. ¿Extraen ellos de la sangre algún producto que les sirva para algo? Tampoco lo sé; aunque al fin del capítulo le comunicaré al lector mis sospechas. Lo único que sé con exactitud, y que sabemos muy bien todos los que nos dedicamos a investigar en el mundo de la ovnilogía y de la paranormalogía, es que la sangre y ciertas vísceras, son el común denominador entre los dioses de la antigüedad, —incluido el dios de la Biblia— y los ovnis de nuestros días.

Aunque ya traté este tema en mi libro «Israel Pueblo-Contacto», quiero profundizar aquí en él, porque es una gran clave para desentrañar todo este misterio.

Los eternos dubitantes que constantemente están pidiendo pruebas concretas acerca de todos estos hechos misteriosos, cuando uno se las da, —como en este caso de la sangre— las encuentran tan extrañas, y tan demasiado concretas, que de ordinario en vez de servir para quitarles la duda se la acrecientan. Pero el hecho está ahí, atestiguado no sólo por todos los libros de los historiadores antiguos, sino por «el libro» por excelencia, —la Biblia— en donde vemos a Yahvé, página tras página, explicarle a Moisés qué era lo quería que se hiciese con la sangre y con las vísceras de los animales sacrificados.

Nos imaginamos el pasmo de Moisés cuando tras haberle preguntado a Yahvé cómo quería ser adorado, oyó que éste le contestó dándole una serie de pormenores y de órdenes minuciosas de cómo debía degollar a los diferentes animales, qué es lo que debería hacer con las diferentes vísceras, y sobre todo cómo tenía que manipular la sangre. Moisés, que seguramente conocía muy bien cómo eran los sacrificios que los egipcios y los pueblos mesopotámicos hacían constantemente a sus respectivos dioses, debió que darse de una pieza, viendo que su «Único Dios» le exactamente lo mismo que los otros «falsos» dioses pedían. Y sólo por el hecho de que exigiese que le entregasen «cosas» (en vez de preferir el diálogo directo y unos ritos de una simbología espiritual y lógica) sino porque esas «cosas» que exigía, eran exactamente las mismas que los otros dioses pedían y con el agravar de que eran unas cosas raras y en nada relacionadas con la adoración o con el perdón de los pecados. Porque si lo miramos con una mente sin prejuicios, ¿qué tiene que ver la muerte de un cabrito y diseccionar de sus vísceras de tal o cual modo, o el derramar si sangre en determinados lugares, con la demostración del amor a Dios y de la obediencia a sus mandatos? ¿Qué tiene que ver degollar una vaca, con el sincero arrepentimiento y con el reconocimiento de los propios defectos?*

Y si seguimos usando la cabeza, tendremos derecho a pensar que es completamente natural el quemar madera, pero es total mente antinatural el quemar la carne. La carne cuando se quema por completo (como se hacía en los holocaustos), impregna ambiente de grasa y produce un penetrante olor nada agradable


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